Diez días antes.
Alejandro había llegado de viaje y se metió a la ducha. María se puso a acomodar su ropa, lavar lo que estuviera sucio y preparar todo para que en unos días volviera a salir de viaje. Esa era su vida desde hace años. Se habían conocido en la escuela, fueron novios apenas terminaron la secundaria y, luego de ahorrar un poco de dinero para poder comprar su casa, se casaron.
Los niños
vinieron al poco tiempo. Alejandro encontró un trabajo nuevo, en el que ganaba
mucho dinero, pero debía viajar a menudo a distintas localidades de la
provincia. Ella había dejado de trabajar para dedicarse a su hogar, a los niños
y a esperarlo cada vez que volvía. Moría por sus abrazos, por sus besos y
esperaba ansiosa la noche, haciendo que los chicos se durmieran temprano, para
poder tener esa intimidad tan especial que los unía.
Sin
embargo, desde hacía un tiempo la mirada de Alejandro había cambiado. No podía
decir exactamente en qué, pero el beso era más superficial y apenas podía se
liberaba de su abrazo para tirarse en el sillón a jugar en la Play con los
hijos. No es que ella no disfrutase verlo pasar tiempo con ellos, ya que
durante la semana casi no estaba, al contrario, pero sentía que la estaba
evitando. Él le dijo que solo se trataba de cansancio, que ya se le notaban los
años y que conducir tantas horas le
pasaba factura a su cuerpo.
María creyó
en sus palabras, aunque no pudo dejar de pensar en esos cambios imperceptibles
en el día a día, pero inmensos si comparaba con algunos años atrás. “El amor se
transforma, el tiempo da paso a un sentimiento menos pasional y más espiritual,
en donde prevalece el cariño, el acompañamiento, un afecto basado en el compañerismo
y no tanto en lo físico o lo hormonal”. Lo había leído en una revista, de esas
que están en los consultorios o en las peluquerías. Eso hubiera estado bien si
ellos tuvieran cincuenta años. Pero ambos eran jóvenes y la ausencia de su
marido hacía que esperara con ansiedad cada regreso. Sin embargo, se daba
cuenta de que a él no le pasaba lo mismo, aunque lo negara cuando se lo
preguntó.
Aquél día,
Alejandro llegó, saludó a los niños efusivamente, a ella casi como por
compromiso le dio un leve beso sobre los labios y, tras jugar con la Play, se
fue a bañar. María preparaba la mesa cuando sintió un zumbido. No era su
teléfono, porque lo tenía con una musiquita que le había dedicado su esposo
cuando eran novios. Los niños no tenían celular y el móvil de Alejandro estaba
sobre una cómoda. Sin embargo, el zumbido continuaba sonando con insistencia.
Caminó
hacia el pasillo que daba a las habitaciones y cerró los ojos para tratar de
orientarse y darse cuenta de dónde
provenía. Definitivamente, el zumbido venía de su habitación. Caminó
sigilosamente, tratando de descubrir qué era lo que provocaba ese sonido. Al
pasar cerca del maletín que su esposo había dejado sobre la cama, supo que lo
que zumbaba estaba ahí dentro.
Siempre
había respetado los objetos de su marido y jamás se le había ocurrido hurgar en
sus cosas de trabajo, pero esta vez la curiosidad pudo más. Abrió
cuidadosamente el portafolio y descubrió un teléfono celular, cuya existencia desconocía. El ruido en el
baño le hacía saber que Alejandro aún iba a tardar un buen rato en salir.
Encendió la pantalla y encontró una serie de mensajes de Whatsapp que le
provocaron el mismo efecto que una cachetada. El remitente era “amorcito”
rodeado con dos emoticones de corazones.
“Holaaaa!! Estoy feliz de la vida, Ale!!!”
“Mirá lo que compré!!!”
Una foto de
un conjunto de ropa interior de encaje seguía al mensaje.
“Esto lo pienso estrenar el día que inauguremos
nuestro departamento, Jajajaja”
“Dicho sea de paso…”
Varias
fotos seguían a esas palabras. Eran las imágenes de un departamento, coqueto y
luminoso. El baño, la cocina, un pasillo, un balcón y una habitación con la
leyenda “escritorio” y otra habitación más grande cuya inscripción era “nuestro
nidito de amor”.
“Te juro que lo vi y me enamoré, amor!! Es el lugar
que siempre soñamos para vivir juntos! Cuando vuelvas del pueblucho lo vamos a
ver juntos. Espero que tu abuela esté bien, así regresás a mis brazos pronto!!!”
¿Abuela?
¿De quién estaba hablando esta persona? La abuela de Alejandro había muerto
cuando él era un niño y apenas tenía recuerdos de ella, salvo alguna que otra
fotografía. María no
comprendía nada. O sí, comenzaba a comprender todo. La falta de interés de
Alejandro en ella, sus besos fugaces, sus caricias con desgano, su poco deseo.
¡Alejandro tenía una amante! Su esposo, el hombre al que le había dedicado sus
mejores años, el único hombre que había conocido en la vida, la estaba
engañando con otra mujer!
¡Y
planeaban irse a vivir juntos! ¿Sabría ella de su existencia? ¿Sabría de los
niños? Evidentemente, no, ya que ella creía que regresaba al pueblo a visitar a
una abuela que no existía. De repente se le cruzó una pregunta que la atravesó
como una cuchillada. ¿Qué clase de hombre era su marido, que negaba la
existencia de sus hijos? ¿Cómo hacía para no hablar de ellos? Alejandro era un
buen padre, sin dudas, cariñoso, pero quizás era fácil ser bueno y cariñoso
cuando se está solamente los fines de semana y algún feriado en casa, y no
convivía con los berrinches, las peleas entre los hermanos, los caprichos, ya
que los chicos cuando llegaba él se portaban mejor que nunca.
Un ruido la
distrajo. Decidió eliminar el chat, para que su esposo no descubriera que ella
había visto todo y dejó el teléfono en su lugar. Durante la cena intentó
sonreír, por más que las lágrimas golpeaban por salir y mientras él la miraba
solo deseaba gritarle lo hipócrita que era.
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