lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 5


   No había ningún rastro de Gabriela. Nadie la había visto, su teléfono había desaparecido. En la camioneta de Alejandro no encontraron rastros de sangre, ni ninguna prueba que determinase que él había sido el autor de su desaparición o de su muerte.


   Tras un rastrillaje, unos trabajadores habían encontrado un cuerpo. Por protocolo,  llamaron a su hermana para hacer el reconocimiento en la morgue. El cuerpo había estado unos días en el río y estaba totalmente deformado, ya en estado de descomposición. A Rafaela le temblaba el cuerpo con cada paso que daba por el pasillo que conducía a la morgue. No quería que fuera Gabriela. No quería que su hermana estuviera tirada en esa camilla de metal. No quería mirar cuando el médico hiciera un gesto para saber si ya estaba preparada para verla. No quería que levantaran la sábana blanca que cubría ese cuerpo y descubrir a su confidente de toda la vida. 


   Lloró. Lloró mucho. Lloró porque la esperanza retornaba un poquito. Lloró porque detrás de ella, había otra familia que debía decir si esa mujer, hinchada, pálida, deshumanizada, era su pariente. Lloró porque no era su hermana. Pero era otra. Otra mujer. No era Gabriela. Inspiró profundamente, tras dar un pequeño grito, no sabía si de alegría, de desesperación o de angustia.


   Salió de la morgue casi corriendo. Necesitaba ver sol, luz, respirar aire, caminar por la calle y gritar. Necesitaba estar sola y al mismo tiempo que alguien la abrazara muy fuerte. Se sentó al pie de un árbol, y lloró desconsoladamente.


   Un llamado la distrajo. Nuevamente se repetía el ciclo de todos esos días en que no sabía si era algo bueno o algo malo. De repente había odiado a su hermana por haber estado tanto tiempo con ese tipo, por no haberse dado cuenta antes de que no fuera libre, por imponerle esta responsabilidad de buscarla que ella no había pedido. Respondió con el hilo de voz que le quedaba.


   El fiscal que llevaba la causa le informaba con su tono monocorde que había aparecido el teléfono de Gabriela. Rafaela se paró como si un golpe de electricidad la hubiera recorrido. Nuevamente había esperanza. El mismo tono monocorde le decía, como si le estuviera hablando de la temperatura que hacía, que el aparato había sido inutilizado y sería muy difícil poder sacar información de él.


   Sintió como un mazazo en la cabeza. Otra vez con las manos vacías. Parecía como si estuvieran dando vueltas en medio de un laberinto que no tuviese salida. Daban un paso y retrocedían dos. Encontraban algo y se desvanecía entre sus dedos antes de que  pudieran obtener algún dato que les dijera qué había pasado con Gabriela.
 

   ¿Dónde estaba Gabriela? ¿Qué había pasado con ella? ¿Cuánto tiempo más podría estar así, en ese limbo del que parecía no tener escapatoria?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La Cornuda. 17

   María cocinaba la cena. Mientras tanto, los chicos jugaban en el living y miraban la television. Sus risas le hicieron pensar que to...