No había
ningún rastro de Gabriela. Nadie la había visto, su teléfono había
desaparecido. En la camioneta de Alejandro no encontraron rastros de sangre, ni
ninguna prueba que determinase que él había sido el autor de su desaparición o
de su muerte.
Tras un
rastrillaje, unos trabajadores habían encontrado un cuerpo. Por protocolo, llamaron a su hermana para hacer el
reconocimiento en la morgue. El cuerpo había estado unos días en el río y
estaba totalmente deformado, ya en estado de descomposición. A Rafaela le
temblaba el cuerpo con cada paso que daba por el pasillo que conducía a la
morgue. No quería que fuera Gabriela. No quería que su hermana estuviera tirada
en esa camilla de metal. No quería mirar cuando el médico hiciera un gesto para
saber si ya estaba preparada para verla. No quería que levantaran la sábana
blanca que cubría ese cuerpo y descubrir a su confidente de toda la vida.
Lloró.
Lloró mucho. Lloró porque la esperanza retornaba un poquito. Lloró porque
detrás de ella, había otra familia que debía decir si esa mujer, hinchada,
pálida, deshumanizada, era su pariente. Lloró porque no era su hermana. Pero
era otra. Otra mujer. No era Gabriela. Inspiró profundamente, tras dar un
pequeño grito, no sabía si de alegría, de desesperación o de angustia.
Salió de la
morgue casi corriendo. Necesitaba ver sol, luz, respirar aire, caminar por la
calle y gritar. Necesitaba estar sola y al mismo tiempo que alguien la abrazara
muy fuerte. Se sentó al pie de un árbol, y lloró desconsoladamente.
Un llamado
la distrajo. Nuevamente se repetía el ciclo de todos esos días en que no sabía
si era algo bueno o algo malo. De repente había odiado a su hermana por haber
estado tanto tiempo con ese tipo, por no haberse dado cuenta antes de que no fuera
libre, por imponerle esta responsabilidad de buscarla que ella no había pedido.
Respondió con el hilo de voz que le quedaba.
El fiscal
que llevaba la causa le informaba con su tono monocorde que había aparecido el
teléfono de Gabriela. Rafaela se paró como si un golpe de electricidad la
hubiera recorrido. Nuevamente había esperanza. El mismo tono monocorde le
decía, como si le estuviera hablando de la temperatura que hacía, que el
aparato había sido inutilizado y sería muy difícil poder sacar información de
él.
Sintió como un mazazo en la cabeza. Otra vez
con las manos vacías. Parecía como si estuvieran dando vueltas en medio de un
laberinto que no tuviese salida. Daban un paso y retrocedían dos. Encontraban
algo y se desvanecía entre sus dedos antes de que pudieran obtener algún dato que les dijera
qué había pasado con Gabriela.
¿Dónde
estaba Gabriela? ¿Qué había pasado con ella? ¿Cuánto tiempo más podría estar
así, en ese limbo del que parecía no tener escapatoria?
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