lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 4


   El pueblo entero asistió al funeral de Alejandro. María lloraba detrás de unos enormes anteojos negros, tomando de la mano a los niños, que sollozaban escandalosamente. No sabían cómo había muerto su padre. Sólo supieron que nunca más estaría con ellos. 


   María sentía la mirada de las chusmas del pueblo, que murmuraban sobre los detalles escabrosos de su reciente viudez. Las veía juntarse en grupos de tres o cuatro, hablar entre ellas mientras la miraban de soslayo, tapándose la boca y descubriendo que sus ojos se achicaban, como burlándose de su desgracia.


   Escuchó al cura hablar del perdón, de la vida eterna, de ese más allá en donde las almas que Dios había unido en la Tierra se esperan y viven juntas por la eternidad. No sabía si el sacerdote también se estaba burlando de ella o desconocía la doble vida de Alejandro, pero se preguntaba qué alma se uniría a la de su marido en ese “más allá”. ¿La suya? ¿La de su amante? 


   Ahora se preguntaba cuántas mujeres hubo en su vida.  Cuántas veces, al regresar de sus viajes, los regalos eran la disculpa tácita por sus traiciones. Cuántas noches, cuando sus manos la tocaban jurando que la había extrañado, traía el perfume de otras mujeres que ella no había notado.


   En las afueras del cementerio había un tropel de medios que esperaban tener su palabra. Era la viuda del momento, la mujer engañada por un hombre que, no se sabía con claridad hasta dónde, estaba involucrado en la desaparición de la mujer que había sido su amante. La hermana de la médica aseguraba que Alejandro era el responsable de su ausencia, dando casi por sentado que la había matado y, con su muerte, se había esfumado la única posibilidad de saber qué había ocurrido con ella.


   María se sentía rodeada. No quería que todo eso llegara a sus hijos. Quería protegerlos, preservarlos de los comentarios, de los murmullos, del diario descompuesto que significaba el boca en boca de toda esa historia que parecía inverosímil. Quizás podía irse un tiempo del pueblo,  a lo de algún familiar, hasta que todos olvidasen este escándalo.


   El comisario había preparado un operativo con los pocos agentes que contaba para que María no tuviera contacto con los medios, hasta le había ofrecido que fuera a su casa unos días para que estuviera más tranquila y nadie la acosase en la vereda de la suya para sacarle una declaración. No entendía qué querían que dijera.  A la pobre mujer la realidad le cayó como un baldazo de agua helada en menos de diez minutos y debería comenzar una vida totalmente distinta a la que había planeado hasta ese día.

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