En su
despacho, el juez revisaba una y otra
vez las imágenes de las cámaras de seguridad. Había querido hacerlo
personalmente, para corroborar que nadie había visto nada extraño la noche de
la desaparición de Gabriela Sáenz. Nadie la había visto salir de su
departamento, ni había vuelto a tener contacto con ella. Se había esfumado.
Algo lo
hizo parpadear. En la pantalla, al otro lado de una plaza, una camioneta vieja
se desplazaba por la noche en que Gabriela desapareció. No podía descubrir
desde qué lugar había aparecido, ni tampoco mucho el color, ya que la imagen,
en blanco y negro, era bastante borrosa. Del ángulo en que la cámara filmaba,
no tenía forma de ver la patente, ni los rostros de quienes viajaban en ella. Sólo la veía aparecer y desaparecer en la
noche, como un fantasma.
Solicitó
ampliación de las imágenes, mejora de la calidad, tomas suplementarias de otras
cámaras. La camioneta no se vislumbraba por ninguna parte. Nadie le supo
contestar por qué del otro lado de la plaza no habían cámaras de seguridad.
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