Seis meses
después.
El
comisario Ramírez había espaciado sus visitas a María. Sabía que su presencia
le resultaba incómoda, tal vez porque la obligaba a recordar su dolor. No sólo
la muerte de Alejandro, sino el engaño y las extrañas circunstancias en que
todo había ocurrido.
La mujer
había retornado a su casa, para que los
chicos volvieran a sus actividades escolares y, poco a poco, tener una vida
normal otra vez. En el horario al que iban al colegio, se había conseguido un
trabajo para mantener la mente ocupada y ganar algo de dinero, si bien la
pensión que cobraba por Alejandro era más que generosa.
Rafaela no
encontraba consuelo a su dolor. No comprendía la desaparición de su hermana. La
justicia ya había decidido responsabilizar a Alejandro por ello, casi cerrando
el caso y poco a poco los medios también olvidaron que había una mujer de la
que no se sabía nada. Solo ella insistía por las redes, subiendo sus fotos y
pidiendo que difundan la imagen. A veces le llegaban mensajes privados con
algún dato que le daba una luz de esperanza,
hablaba con el juez, pero todo volvía nuevamente a foja cero cuando
descubrían que se trataba de una mujer con algún parecido físico con Gabriela
o, simplemente, era una pista falsa.
A veces se
levantaba sin fuerzas para continuar, quería desistir y olvidarse, como todos
parecían hacerlo. Pero el retrato de sus padres junto a Gabriela, sonrientes desde la pasarela de
las cataratas, la obligaban a seguir. Ellos también sufrían la ausencia de su
hija y tenían todas sus esperanzas puestas en Rafaela para tener alguna
información.
Al quedarse
solo, Paco pudo retomar su vida habitual y una noche decidió visitar el pueblo
vecino, en donde podía jugar a las cartas, beber y coquetear con las mujeres
sin que nadie anduviera desparramando chismes por todos lados. Lo conocían,
pero no sabían en donde vivía.
Al llegar a
la alambrada por donde se escabullía sin ser visto, notó que uno de los perros
hurgueteaba en el montecito cercano.
-Salí de ahí.- gritó mientras azuzaba con la mano,
como si tuviera una rama, para espantar al animal.
El perro
continuaba escarbando, sin hacer caso a su dueño. Paco tomó una linterna y se
acercó. Recordaba que un tiempo atrás, en el montecito había muy mal olor. Y
que habían pensado que era algún animal muerto. El perro continuaba tirando
tierra hacia todos lados, mientras gruñía.
-¿Encontraste un hueso?- dijo Paco, intentando
ubicar con la linterna qué era lo que había llamado la atención del perro.
-Salí, correte-dijo tomando una rama y espantando un
poco al animal.
Volvió a
buscar con la linterna y observó que debajo de la tierra, asomaba un hueso
largo y algo que parecía envolverlo, como si fueran telas desgarradas, no sabía
si por el tiempo o por el perro que había estado escarbando.
Con el
perro inquieto dando vueltas a su alrededor, colocó la linterna para poder ver
mientras con las manos quitaba la tierra que ya estaba apelmazada sobre ese
hueso. Poco a poco fue descubriendo que había otro hueso igual, paralelo al
descubierto por el can y que la tela los envolvía a ambos.
Se dio
cuenta de que era un cuerpo. Un cuerpo envuelto en sábanas. Un cuerpo que
llevaba al menos seis meses enterrado en aquél montecito. Un gruñido del perro lo sacó de sus
cavilaciones sobre el hallazgo que había realizado.
Una
detonación sonó en medio de la noche. El perro huyó asustado mientras el cuerpo
de Paco caía sobre el pozo recién excavado y un hilo de sangre corría por su
nuca.
¿Fin?
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