lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 16


  Seis meses después.


   El comisario Ramírez había espaciado sus visitas a María. Sabía que su presencia le resultaba incómoda, tal vez porque la obligaba a recordar su dolor. No sólo la muerte de Alejandro, sino el engaño y las extrañas circunstancias en que todo había ocurrido.


   La mujer había  retornado a su casa, para que los chicos volvieran a sus actividades escolares y, poco a poco, tener una vida normal otra vez. En el horario al que iban al colegio, se había conseguido un trabajo para mantener la mente ocupada y ganar algo de dinero, si bien la pensión que cobraba por Alejandro era más que generosa.


   Rafaela no encontraba consuelo a su dolor. No comprendía la desaparición de su hermana. La justicia ya había decidido responsabilizar a Alejandro por ello, casi cerrando el caso y poco a poco los medios también olvidaron que había una mujer de la que no se sabía nada. Solo ella insistía por las redes, subiendo sus fotos y pidiendo que difundan la imagen. A veces le llegaban mensajes privados con algún dato que le daba una luz de esperanza,  hablaba con el juez, pero todo volvía nuevamente a foja cero cuando descubrían que se trataba de una mujer con algún parecido físico con Gabriela o, simplemente, era una pista falsa.


   A veces se levantaba sin fuerzas para continuar, quería desistir y olvidarse, como todos parecían hacerlo. Pero el retrato de sus padres junto  a Gabriela, sonrientes desde la pasarela de las cataratas, la obligaban a seguir. Ellos también sufrían la ausencia de su hija y tenían todas sus esperanzas puestas en Rafaela para tener alguna información.


   Al quedarse solo, Paco pudo retomar su vida habitual y una noche decidió visitar el pueblo vecino, en donde podía jugar a las cartas, beber y coquetear con las mujeres sin que nadie anduviera desparramando chismes por todos lados. Lo conocían, pero no sabían en donde vivía.



   Al llegar a la alambrada por donde se escabullía sin ser visto, notó que uno de los perros hurgueteaba en el montecito cercano.


-Salí de ahí.- gritó mientras azuzaba con la mano, como si tuviera una rama, para espantar al animal.


    El perro continuaba escarbando, sin hacer caso a su dueño. Paco tomó una linterna y se acercó. Recordaba que un tiempo atrás, en el montecito había muy mal olor. Y que habían pensado que era algún animal muerto. El perro continuaba tirando tierra hacia todos lados, mientras gruñía.


-¿Encontraste un hueso?- dijo Paco, intentando ubicar con la linterna qué era lo que había llamado la atención del perro.


-Salí, correte-dijo tomando una rama y espantando un poco al animal.


  Volvió a buscar con la linterna y observó que debajo de la tierra, asomaba un hueso largo y algo que parecía envolverlo, como si fueran telas desgarradas, no sabía si por el tiempo o por el perro que había estado escarbando.


   Con el perro inquieto dando vueltas a su alrededor, colocó la linterna para poder ver mientras con las manos quitaba la tierra que ya estaba apelmazada sobre ese hueso. Poco a poco fue descubriendo que había otro hueso igual, paralelo al descubierto por el can y que la tela los envolvía a ambos. 


   Se dio cuenta de que era un cuerpo. Un cuerpo envuelto en sábanas. Un cuerpo que llevaba al menos seis meses enterrado en aquél montecito.  Un gruñido del perro lo sacó de sus cavilaciones sobre el hallazgo que había realizado.


  Una detonación sonó en medio de la noche. El perro huyó asustado mientras el cuerpo de Paco caía sobre el pozo recién excavado y un hilo de sangre corría por su nuca. 




¿Fin?

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