viernes, 14 de junio de 2019

La Cornuda. 17


   María cocinaba la cena. Mientras tanto, los chicos jugaban en el living y miraban la television. Sus risas le hicieron pensar que todo había vuelto a la normalidad. Tan sólo que Alejandro no abriría nunca más la puerta, provocando sus gritos de alegría. Puso una sartén a calentar y miró fijo la hornalla. Había pasado un mes desde que el comisario Ramírez llegara en medio de la noche para avisarle que un enorme incendio se estaba produciendo en el terreno de Paco...



   La hoguera iluminaba el enorme campo, de manera tal que parecía pleno día a mitad de la noche. Las llamas se elevaban hacia el cielo, como si fueran una plegaria, quizás pidiendo redención. La camioneta Ford F-100 ardía, en medio de algunas explosiones, que no inmutaban a quien miraba fijamente cómo se derretían las cubiertas, los tapizados, la gomaespuma de los asientos e iban quedando solamente en pie las estructuras de hierro, encendidas como si alguien las estuviera por trabajar en una forja.
  

   ¡Lástima que los recuerdos no podían quemarse, hacerse cenizas y esparcirse por todas partes hasta perderse en el viento! ¡Qué pena que el dolor no pudiera incendiarse, hasta convertirse en una cosa diminuta y negra, que se perdiera en algún lugar al que jamás regresaría!


   Sólo pensaba que nadie más podría saber su secreto. Ni siquiera sospechar que había sido responsable de tres muertes. La alejarían de sus hijos. No importaba sobrellevar en sus hombros el mote de “cornuda”, que las viejas chismosas del pueblo la miraran con conmiseración y murmuraran entre ellas “pobrecita”, mientras hacían las compras de la casa. 
 

   “Pobrecita”. Si ellas supieran. Si supieran que mientras ellas la miraban con pena, sus esposos acudían a los pueblos vecinos, con el pretexto de ayudar en la parición de una yegua, y se metían en los hoteluchos de mala muerte a saciar sus vehementes necesidades sexuales con las jóvenes prostitutas que les mentían deseo a cambio de unos billetes. ¿Qué harían si supieran que  no permitió que su marido se burle, mientras ella le había dedicdo su vida? ¿Le tendrían pena o la aplaudirían? 


   En cierto modo, se sentía una heroína, una especie de dios que había puesto equilibrio en una balanza. Pero Paco… Paco había sido un daño colateral. Un mal necesario. Una eventualidad que hubiese deseado evitar . ¿Por qué tuvo que ocurrírsele salir de juerga justo esa noche? ¿Por qué siguió al perro hasta el montecito? Habia intentado espantarlo con unas piedras, pero no lo logró . Debería haberle disparado al animal y Paco estaría con vida. Pero sabía que el ruido del arma lo despertaría e, igualmente, hubiera arruinado su plan.

   
  María tenía la intención de llevarse los restos de Gabriela y tirarlos lo más lejos posible, para que nadie, sobre todo Paco, los descubriera . Había sido un milagro que luego de que los niños anduvieron jugando allí, su abuelo no hubiera ido a quitar el supuesto animal muerto. Tenía que actuar antes de que encontrasen los huesos y sospecharan de ella. Pero Paco...


   Sintió el sonido del motor en la oscuridad y se escondió detrás de un arbusto. Vio qie la camioneta de su abuelo aparecía en medio de la noche, dirigiéndose a la parte del alambrado por la que salía cuando se iba al otro pueblo. Lo observó bajarse, escuchó al perro enloquecido, escarbando la tierra. Suspiró esperando que su abuelo no le prestara atención . El hombre caminó hacia el montecito, se arrodilló y comenzó a retirar la tierra. Lo escuchó exclamar algo y comprendió que estaba perdida. Paco había descubierto el cuerpo de Gabriela, enterrado allí . No pudo pensarlo mucho . Salió de su escondite, apuntó la escopeta y disparó . 


    Nadie, excepto ella y los niños, extrañarían a Paco. El fuego borraba todas las huellas que podrían culparla de algo. La escopeta se quemaba junto con Paco, igual que los restos que quedaban de la amante de Alejandro. Nadie, excepto ella, sabría cómo fueron las cosas.



    Miró nuevamente la pira incendiara. Entre el fuego, en medio de las llamas, el cuerpo de Paco se achicharraba mientras María lo observaba a unos metros de distancia. Quizás alguien, en algún campo vecino, ya habría advertido el fuego. Quizás, alguien, ya habría llamado a los bomberos, a la comisaría. Pronto el pueblo entero sabría que, nuevamente, la desgracia se había colado en su vida.


   Un timbrazo la distrajo de sus pensamiento . Volvió a la cocina, a los niños que saltaban sobre el sofá. Abrió la puerta y se encontró al comisario Ramírez  que, como cada noche desde la muerte de Paco, iba a saludarla para asegurarse de que todo estaba bien. Su secreto, ahora, estaba seguro.


Fin.

lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 16


  Seis meses después.


   El comisario Ramírez había espaciado sus visitas a María. Sabía que su presencia le resultaba incómoda, tal vez porque la obligaba a recordar su dolor. No sólo la muerte de Alejandro, sino el engaño y las extrañas circunstancias en que todo había ocurrido.


   La mujer había  retornado a su casa, para que los chicos volvieran a sus actividades escolares y, poco a poco, tener una vida normal otra vez. En el horario al que iban al colegio, se había conseguido un trabajo para mantener la mente ocupada y ganar algo de dinero, si bien la pensión que cobraba por Alejandro era más que generosa.


   Rafaela no encontraba consuelo a su dolor. No comprendía la desaparición de su hermana. La justicia ya había decidido responsabilizar a Alejandro por ello, casi cerrando el caso y poco a poco los medios también olvidaron que había una mujer de la que no se sabía nada. Solo ella insistía por las redes, subiendo sus fotos y pidiendo que difundan la imagen. A veces le llegaban mensajes privados con algún dato que le daba una luz de esperanza,  hablaba con el juez, pero todo volvía nuevamente a foja cero cuando descubrían que se trataba de una mujer con algún parecido físico con Gabriela o, simplemente, era una pista falsa.


   A veces se levantaba sin fuerzas para continuar, quería desistir y olvidarse, como todos parecían hacerlo. Pero el retrato de sus padres junto  a Gabriela, sonrientes desde la pasarela de las cataratas, la obligaban a seguir. Ellos también sufrían la ausencia de su hija y tenían todas sus esperanzas puestas en Rafaela para tener alguna información.


   Al quedarse solo, Paco pudo retomar su vida habitual y una noche decidió visitar el pueblo vecino, en donde podía jugar a las cartas, beber y coquetear con las mujeres sin que nadie anduviera desparramando chismes por todos lados. Lo conocían, pero no sabían en donde vivía.



   Al llegar a la alambrada por donde se escabullía sin ser visto, notó que uno de los perros hurgueteaba en el montecito cercano.


-Salí de ahí.- gritó mientras azuzaba con la mano, como si tuviera una rama, para espantar al animal.


    El perro continuaba escarbando, sin hacer caso a su dueño. Paco tomó una linterna y se acercó. Recordaba que un tiempo atrás, en el montecito había muy mal olor. Y que habían pensado que era algún animal muerto. El perro continuaba tirando tierra hacia todos lados, mientras gruñía.


-¿Encontraste un hueso?- dijo Paco, intentando ubicar con la linterna qué era lo que había llamado la atención del perro.


-Salí, correte-dijo tomando una rama y espantando un poco al animal.


  Volvió a buscar con la linterna y observó que debajo de la tierra, asomaba un hueso largo y algo que parecía envolverlo, como si fueran telas desgarradas, no sabía si por el tiempo o por el perro que había estado escarbando.


   Con el perro inquieto dando vueltas a su alrededor, colocó la linterna para poder ver mientras con las manos quitaba la tierra que ya estaba apelmazada sobre ese hueso. Poco a poco fue descubriendo que había otro hueso igual, paralelo al descubierto por el can y que la tela los envolvía a ambos. 


   Se dio cuenta de que era un cuerpo. Un cuerpo envuelto en sábanas. Un cuerpo que llevaba al menos seis meses enterrado en aquél montecito.  Un gruñido del perro lo sacó de sus cavilaciones sobre el hallazgo que había realizado.


  Una detonación sonó en medio de la noche. El perro huyó asustado mientras el cuerpo de Paco caía sobre el pozo recién excavado y un hilo de sangre corría por su nuca. 




¿Fin?

La cornuda. 15


 En su despacho, el juez revisaba una  y otra vez las imágenes de las cámaras de seguridad. Había querido hacerlo personalmente, para corroborar que nadie había visto nada extraño la noche de la desaparición de Gabriela Sáenz. Nadie la había visto salir de su departamento, ni había vuelto a tener contacto con ella. Se había esfumado. 


    Algo lo hizo parpadear. En la pantalla, al otro lado de una plaza, una camioneta vieja se desplazaba por la noche en que Gabriela desapareció. No podía descubrir desde qué lugar había aparecido, ni tampoco mucho el color, ya que la imagen, en blanco y negro, era bastante borrosa. Del ángulo en que la cámara filmaba, no tenía forma de ver la patente, ni los rostros de quienes viajaban en ella.  Sólo la veía aparecer y desaparecer en la noche, como un fantasma.


   Solicitó ampliación de las imágenes, mejora de la calidad, tomas suplementarias de otras cámaras. La camioneta no se vislumbraba por ninguna parte. Nadie le supo contestar por qué del otro lado de la plaza no habían cámaras de seguridad.

La cornuda. 14


   El campo del abuelo Paco era un lugar perfecto para alejarse del chismerío del pueblo y de las persecuciones periodísticas. El comisario había estado de acuerdo en que mudarse un tiempo allí era la mejor solución para ella y los chicos. María estaba devastada por los acontecimientos, que se la habían llevado puesta como una avalancha y los chicos debían saber a su debido momento y  por boca de su madre los pormenores sobre la muerte de Alejandro.


   A Paco no le hacía mucha gracia tener por tiempo indeterminado a la familia, menos chicos que podrían pasar todo el tiempo llorando. Pero se descubrió entreteniéndolos con pequeñas tareas, que hacían que pensaran un poco menos en su pérdida. María cocinaba bastante bien, de modo que poco a poco se fue acostumbrando a su presencia.


   Nunca preguntó qué pasó la noche que le pidió por segunda vez la camioneta. Ella le había dicho que era por una emergencia con uno de los chicos, sin embargo los veía bien y sanos. Su nieta había cambiado. Tenía una sombra en el rostro. De repente la encontraba sentada,  con la mirada perdida a los lejos,  en una mecedora que tenía en la entrada de su caserón. Por supuesto que comprendía que el mundo de María se había derrumbado en un segundo, que había perdido todo, con el agravante de saberse engañada. 


   Con la presencia de la mujer y sus hijos, a Paco se le había hecho difícil salir hacia el pueblo vecino a divertirse, como era su costumbre. Detestaba las tertulias del bar de su pueblo, en donde todos se enteraban al día siguiente qué había hecho, con quién y hasta con detalles que  el mismo protagonista ignoraba. Se inventaban cosas todo el tiempo.  De hecho, le había llegado el rumor, por uno de los empleados de la proveeduría, que Alejandro había sido un semental que tenía un hijo en cada pueblo de los alrededores. Intentaba que eso no le llegase a María, aunque tarde o temprano regresaría a su casa y nada evitaría que las bombas estallaran.



  El comisario visitaba cada tanto a María en la casa de Paco. El abuelo sabía que aquél hombre quería a su nieta como si fuera una hija, pero le preocupaba algo, María parecía ponerse un poco tensa cada vez que veía llegar el patrullero en el que se movilizaba y se tranquilizaba cuando el hombre se acercaba sonriendo a abrazarla, con algún regalito para los chicos. Aunque al verlo irse era inevitable que no se advirtiese en ella un suspiro de alivio.


   Aquélla mañana, cuando el comisario llegó de visita, María había salido a recorrer el campo con los chicos. Paco lo recibió, no sin aprovechar a hacerle algunas preguntas.


-Buenas, Ramírez, ¿de vuelta por acá?

-Buenas, don Paco, si, quería saber cómo estaban María y los chicos.

-Bien, más tranquilos, el tiempo hace su trabajo, sobre todo en los pibes.

-Sí, espero que pronto se olviden de todo esto.

-Difícil que se olviden que el padre se mató.


   El comisario afirmó con la cabeza.


-Yo sé que usted quiere a María como a una hija, que conoce a todos desde que eran muy chicos, de hecho, no lo tuteo, pero me acuerdo perfecto cuando venían con la barrita de chicos a robarme manzanas de los árboles…


   Ramírez explotó en una carcajada.


-Si el problema es tutearme, hágalo con confianza.-dijo el comisario.

-No, porque usted está acá como comisario, no está como amigo…


   El rostro del policía se puso serio.


-¿Qué anda pasando, comisario?

-Es complicado, don Paco.-dijo mientras se rascaba la cabeza- hay cosas que no cierran en la muerte de Alejandro, el cuerpo de la doctora nunca apareció, la hermana nos aprieta para que indaguemos a María.


-¿Indagar a mi nieta? ¿Para qué? ¿Por qué?

-Yo lo vengo pateando al tema, pero en cualquier momento puede aparecer una orden judicial para María, para presentarse a declarar sobre si sabía o no de la existencia de una amante, qué hizo la noche en que desapareció la médica, dónde estaba cuando Alejandro se mató…

-¡En su casa, con sus hijos!-exclamó Paco.

-¿A usted le consta?

-María es una mujer de su casa, nunca va a dejar a los chicos solos. Además, usted la conoce, sabe que es una chica frágil, buena, más transparente que el aire ¿le ve cara de asesina?

-No, don Paco, no dije eso.

-¿Entonces?

-Que la hermana de la médica va a buscar hasta debajo de las piedras si hace falta para saber qué pasó, eso estoy diciendo. Y tranquilamente puede dudar de María y pedirle al juez que la cite a declarar.


   Paco protestó algo inentendible, mientras caminaba hacia la camioneta.


-Venga, vamos a buscar a María y a los chicos.


   Subieron al vehículo y comenzaron a recorrer el campo.


-No me acordaba que esto fuera tan grande.- dijo Ramírez.
 
-En esos tiempos no lo era, compré los terrenos del tano Borrelli cuando murió y su mujer quiso volverse a Italia. Y después compré los de los López Gándara, cuando se fundieron y fueron a remate. Mi plan era que los trabajaran un tiempo, me fueran pagando una especie de alquiler hasta que me cubrieran los gastos, pero la depresión que le dio al hombre después de fundirse, más la muerte del hijo en el accidente de tránsito hicieron que no quisiera saber nada más con trabajar. Supe que está en un geriátrico, internado, que no reconoce a nadie, pobre tipo.


   Distinguieron a María y a los chicos cerca de una de las alambradas.


-Miércoles que caminaron, che!- exclamó Paco cuando bajó a saludar. 

-Los chicos son incansables, abuelo- dijo ella- Buenas tardes, comisario, ¿qué lo trae por acá?

-Saludar, saber cómo están, si todo anda bien. 

-Sí, gracias a dios, esperando que comiencen las clases para volver a nuestra rutina, ¿no chicos?


   Los niños hicieron que no con las manos, mientras reían a carcajadas.


-Nos queremos quedar acá con el abuelo, es más divertido que la escuela!!!


Mientras ellos correteaban, el comisario, María y Paco se quedaron charlando debajo de la sombra de unos árboles.


-¿Por qué no le dice, comisario?


   María lo miró con curiosidad.


-¿Qué tiene que decirme?


   Ramírez se sintió incómodo, aún no era el momento de molestar a María con esos temas.


-Nada, la hermana de la médica con la que andaba Alejandro está pidiéndole cosas al juez, está como loca porque la mujer no aparece, no se sabe nada de ella desde que desapareció, no hay una sola pista, como si la tierra se la hubiera tragado, y quiere que vos vayas a declarar.

-¿Declarar qué?

-Si sabías que tu marido tenía una amante, dónde estabas cuando la hermana se hizo humo, qué testigos tenés.

-¿Y eso de qué sirve, en qué ayudaría a que su hermana aparezca? ¿No entiendo?


  El comisario volvió a rascarse la cabeza. No sabía cómo decirle la verdadera razón del pedido de Rafaela.


-La hermana de la doctora piensa que Alejandro no pudo hacer todo solo. Que tuvo que tener un cómplice. Y vos, como la mujer engañada, podrías ser señalada como responsable de encubrir a tu marido o de ser quien lo ayudó.

-¿Qué?-gritó ella.- ¿Qué yo qué?

-Sh, tranquilízate, hasta ahora el juez no decidió nada, vos sos la viuda, estas tan mal como esa mujer porque perdiste a tu marido, y a menos que haya algún dato concreto, no creo que te vaya a llamar.


  María intentó calmarse. Paco la abrazó y la hizo ir hasta la camioneta. Luego volvió hasta donde estaba el comisario.


-Le pido disculpas si fui medio bruto, pero es mejor que ella sepa a qué atenerse y no que un día le caiga la citación sin previo aviso.

-Está bien, don Paco, no se haga problemas.


Los chicos volvían casi corriendo. Uno sostenía al otro, que estaba pálido.


-¿Qué pasó?-preguntó Paco cuando estuvieron cerca.

-Diego es un flojito, nos acercamos al montecito y se descompuso.


   El chico tosía, tenía arcadas como si fuera a vomitar.


-Hay un olor que no se aguanta.- dijo entre jadeos.

-Seguro es algún perro muerto, nene.- respondió su hermano.

-¿Quiere que vaya a ver, don Paco?-preguntó el comisario.

-No, deje, casi nunca andamos por ahí, y lo más probable es que algún animal haya dejado ahí los despojos de su presa, o como dice el pibe, un perro muerto.

-Pero voy y en último caso, lo entierro.-ofreció Ramírez.

-Vamos para la casa, María no está bien y el chico también necesita reposar un poco.- determinó Paco.

La Cornuda. 17

   María cocinaba la cena. Mientras tanto, los chicos jugaban en el living y miraban la television. Sus risas le hicieron pensar que to...