El campo
del abuelo Paco era un lugar perfecto para alejarse del chismerío del pueblo y
de las persecuciones periodísticas. El comisario había estado de acuerdo en que
mudarse un tiempo allí era la mejor solución para ella y los chicos. María
estaba devastada por los acontecimientos, que se la habían llevado puesta como
una avalancha y los chicos debían saber a su debido momento y por boca de su madre los pormenores sobre la
muerte de Alejandro.
A Paco no
le hacía mucha gracia tener por tiempo indeterminado a la familia, menos chicos
que podrían pasar todo el tiempo llorando. Pero se descubrió entreteniéndolos
con pequeñas tareas, que hacían que pensaran un poco menos en su pérdida. María
cocinaba bastante bien, de modo que poco a poco se fue acostumbrando a su
presencia.
Nunca
preguntó qué pasó la noche que le pidió por segunda vez la camioneta. Ella le
había dicho que era por una emergencia con uno de los chicos, sin embargo los
veía bien y sanos. Su nieta había cambiado. Tenía una sombra en el rostro. De
repente la encontraba sentada, con la
mirada perdida a los lejos, en una
mecedora que tenía en la entrada de su caserón. Por supuesto que comprendía que
el mundo de María se había derrumbado en un segundo, que había perdido todo,
con el agravante de saberse engañada.
Con la
presencia de la mujer y sus hijos, a Paco se le había hecho difícil salir hacia
el pueblo vecino a divertirse, como era su costumbre. Detestaba las tertulias
del bar de su pueblo, en donde todos se enteraban al día siguiente qué había
hecho, con quién y hasta con detalles que
el mismo protagonista ignoraba. Se inventaban cosas todo el tiempo. De hecho, le había llegado el rumor, por uno
de los empleados de la proveeduría, que Alejandro había sido un semental que
tenía un hijo en cada pueblo de los alrededores. Intentaba que eso no le
llegase a María, aunque tarde o temprano regresaría a su casa y nada evitaría
que las bombas estallaran.
El comisario
visitaba cada tanto a María en la casa de Paco. El abuelo sabía que aquél
hombre quería a su nieta como si fuera una hija, pero le preocupaba algo, María
parecía ponerse un poco tensa cada vez que veía llegar el patrullero en el que
se movilizaba y se tranquilizaba cuando el hombre se acercaba sonriendo a
abrazarla, con algún regalito para los chicos. Aunque al verlo irse era
inevitable que no se advirtiese en ella un suspiro de alivio.
Aquélla
mañana, cuando el comisario llegó de visita, María había salido a recorrer el
campo con los chicos. Paco lo recibió, no sin aprovechar a hacerle algunas
preguntas.
-Buenas, Ramírez, ¿de vuelta por acá?
-Buenas, don Paco, si, quería saber cómo estaban
María y los chicos.
-Bien, más tranquilos, el tiempo hace su trabajo,
sobre todo en los pibes.
-Sí, espero que pronto se olviden de todo esto.
-Difícil que se olviden que el padre se mató.
El
comisario afirmó con la cabeza.
-Yo sé que usted quiere a María como a una hija, que
conoce a todos desde que eran muy chicos, de hecho, no lo tuteo, pero me
acuerdo perfecto cuando venían con la barrita de chicos a robarme manzanas de
los árboles…
Ramírez
explotó en una carcajada.
-Si el problema es tutearme, hágalo con
confianza.-dijo el comisario.
-No, porque usted está acá como comisario, no está
como amigo…
El rostro
del policía se puso serio.
-¿Qué anda pasando, comisario?
-Es complicado, don Paco.-dijo mientras se rascaba
la cabeza- hay cosas que no cierran en la muerte de Alejandro, el cuerpo de la
doctora nunca apareció, la hermana nos aprieta para que indaguemos a María.
-¿Indagar a mi nieta? ¿Para qué? ¿Por qué?
-Yo lo vengo pateando al tema, pero en cualquier
momento puede aparecer una orden judicial para María, para presentarse a
declarar sobre si sabía o no de la existencia de una amante, qué hizo la noche
en que desapareció la médica, dónde estaba cuando Alejandro se mató…
-¡En su casa, con sus hijos!-exclamó Paco.
-¿A usted le consta?
-María es una mujer de su casa, nunca va a dejar a los
chicos solos. Además, usted la conoce, sabe que es una chica frágil, buena, más
transparente que el aire ¿le ve cara de asesina?
-No, don Paco, no dije eso.
-¿Entonces?
-Que la hermana de la médica va a buscar hasta
debajo de las piedras si hace falta para saber qué pasó, eso estoy diciendo. Y
tranquilamente puede dudar de María y pedirle al juez que la cite a declarar.
Paco
protestó algo inentendible, mientras caminaba hacia la camioneta.
-Venga, vamos a buscar a María y a los chicos.
Subieron al
vehículo y comenzaron a recorrer el campo.
-No me acordaba que esto fuera tan grande.- dijo
Ramírez.
-En esos tiempos no lo era, compré los terrenos del
tano Borrelli cuando murió y su mujer quiso volverse a Italia. Y después compré
los de los López Gándara, cuando se fundieron y fueron a remate. Mi plan era
que los trabajaran un tiempo, me fueran pagando una especie de alquiler hasta
que me cubrieran los gastos, pero la depresión que le dio al hombre después de
fundirse, más la muerte del hijo en el accidente de tránsito hicieron que no
quisiera saber nada más con trabajar. Supe que está en un geriátrico,
internado, que no reconoce a nadie, pobre tipo.
Distinguieron a María y a los chicos cerca de una de las alambradas.
-Miércoles que caminaron, che!- exclamó Paco cuando
bajó a saludar.
-Los chicos son incansables, abuelo- dijo ella-
Buenas tardes, comisario, ¿qué lo trae por acá?
-Saludar, saber cómo están, si todo anda bien.
-Sí, gracias a dios, esperando que comiencen las
clases para volver a nuestra rutina, ¿no chicos?
Los niños
hicieron que no con las manos, mientras reían a carcajadas.
-Nos queremos quedar acá con el abuelo, es más
divertido que la escuela!!!
Mientras ellos correteaban, el comisario, María y
Paco se quedaron charlando debajo de la sombra de unos árboles.
-¿Por qué no le dice, comisario?
María lo
miró con curiosidad.
-¿Qué tiene que decirme?
Ramírez se
sintió incómodo, aún no era el momento de molestar a María con esos temas.
-Nada, la hermana de la médica con la que andaba
Alejandro está pidiéndole cosas al juez, está como loca porque la mujer no
aparece, no se sabe nada de ella desde que desapareció, no hay una sola pista,
como si la tierra se la hubiera tragado, y quiere que vos vayas a declarar.
-¿Declarar qué?
-Si sabías que tu marido tenía una amante, dónde
estabas cuando la hermana se hizo humo, qué testigos tenés.
-¿Y eso de qué sirve, en qué ayudaría a que su
hermana aparezca? ¿No entiendo?
El comisario
volvió a rascarse la cabeza. No sabía cómo decirle la verdadera razón del
pedido de Rafaela.
-La hermana de la doctora piensa que Alejandro no
pudo hacer todo solo. Que tuvo que tener un cómplice. Y vos, como la mujer
engañada, podrías ser señalada como responsable de encubrir a tu marido o de
ser quien lo ayudó.
-¿Qué?-gritó ella.- ¿Qué yo qué?
-Sh, tranquilízate, hasta ahora el juez no decidió
nada, vos sos la viuda, estas tan mal como esa mujer porque perdiste a tu
marido, y a menos que haya algún dato concreto, no creo que te vaya a llamar.
María
intentó calmarse. Paco la abrazó y la hizo ir hasta la camioneta. Luego volvió
hasta donde estaba el comisario.
-Le pido disculpas si fui medio bruto, pero es mejor
que ella sepa a qué atenerse y no que un día le caiga la citación sin previo
aviso.
-Está bien, don Paco, no se haga problemas.
Los chicos volvían casi corriendo. Uno sostenía al
otro, que estaba pálido.
-¿Qué pasó?-preguntó Paco cuando estuvieron cerca.
-Diego es un flojito, nos acercamos al montecito y
se descompuso.
El chico
tosía, tenía arcadas como si fuera a vomitar.
-Hay un olor que no se aguanta.- dijo entre jadeos.
-Seguro es algún perro muerto, nene.- respondió su
hermano.
-¿Quiere que vaya a ver, don Paco?-preguntó el
comisario.
-No, deje, casi nunca andamos por ahí, y lo más
probable es que algún animal haya dejado ahí los despojos de su presa, o como
dice el pibe, un perro muerto.
-Pero voy y en último caso, lo entierro.-ofreció Ramírez.
-Vamos para la casa, María no está bien y el chico
también necesita reposar un poco.- determinó Paco.
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