lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 13


   Al abrir la puerta de su habitación, Alejandro supo que nada había vuelto a ser como antes en su esposa. Tenía puesto el uniforme de las mucamas del hotel, y llevaba el carro de la limpieza, para disimular su presencia allí.

                                                                                                                                       
-¿Necesita un cambio de toallas, señor?- dijo ella en voz alta, como alguien más pudiera escucharla.


   Sin esperar una respuesta de su esposo, María entró al cuarto. Alejandro cerró la puerta, no sin mirar al pasillo, para cerciorarse de que no había nadie.


-¿Te vio alguien?- preguntó él- No entiendo, qué es este circo, por qué te disfrazaste así, por qué no entraste como cualquier persona, te anunciabas en recepción y subías?


   María lo miró con un aire de superioridad. Tenía un toallón sobre sus manos, y lo sostenía como si escondiera algo debajo. Se sentó en un silloncito.


-Porque yo no soy cualquier persona, Ale. Yo soy tu cómplice. No, mejor dicho, soy tu testigo obligada del crimen que cometiste.

-¿El crimen que cometí? Que cometimos, querrás decir
.
-Yo no maté a nadie, le puse un somnífero en el vino y nada más. El golpe de gracia se lo diste vos, mi amor. ¿O te olvidás del palazo que le diste en la cabeza a tu enamorada?


  Alejandro tragó saliva. Se llevó una mano a la cabeza y movió la cabeza incrédulo.


-Vos estás loca. No sé qué te pasó, no puedo creer en qué te convertiste.

-¿Me convertí? Me convertiste vos, tu engaño, tu traición- susurró con todo el odio acumulado que tenía- En esto me transformó haber descubierto que durante vaya a saber cuánto tiempo y con cuántas mujeres, me metiste los cuernos mientras yo cuidaba nuestra casa, nuestros hijos y esperaba que llegaras. Me convertí en esto después de imaginarme cómo te burlaste de mí todos estos años. Claro, yo era una pueblerina, y vos te rozabas con mujeres de la ciudad, con títulos, con profesiones, con ropa de marca, mientras yo lavaba y limpiaba tu mugre los fines de semana a cambio de un beso sin ganas, por las monedas de un fin de semana juntos. Y vos, vos te hacías el hombre soltero, libre, sin compromisos, olvidándote de que atrás tuyo habían tres personas que te esperaban!!


  El rostro de María se había desfigurado mientras hablaba. Un ser lleno de odio, de venganza se había apoderado de ella, Alejandro no podía creer que tuviera tanto rencor.


-¿Cuántas fueron? Porque no creo que haya sido esta sola. Seguro que fueron más, ¿no? Desde el primer día que empezaste con este trabajo de mierda, yéndote todo el tiempo. ¡Claro! Estabas lejos de tu casa, de tu familia, y podías hacer lo que querías, ¿total quién iba a enterarse?


   Alejandro se mantenía en silencio. Miraba sin mirar, sabiendo que tenía la culpa de este cambio en su mujer. No se animaba a contradecirla, a decirle que Gabriela había sido la única mujer con la que la había engañado, porque jamás le creería.


-Decime ¿Tenés más hijos? ¿Dejaste más chicos tirados por ahí? ¡Respondé!

-No, no hay más hijos, no hubieron más mujeres. Sólo fue Gabriela.


   María lo miró fijamente.

-Jajajajaja. Ahora contame un chiste.- María dejó caer el toallón que le cubría el brazo y Alejandro pudo ver que tenía un revolver.

-¿Qué vas a hacer? ¿Te volviste loca?

    Ella lo apuntaba, serena, fría.


-En tu bolso siempre traes un arma. Sacala.

-¿Para qué? ¿Vamos a batirnos a duelo?-preguntó irónicamente Alejandro.

-Sacá el arma de tu bolso. Ahora- contestó ella sin dejar de apuntarlo.


   Alejandro obedeció. No podía imaginar que sucedería después, y eligió seguirle el tren a su esposa. Quizás se fuese calmando y comprendiera que todo era una locura.


-María, pensá en los chicos- dijo mientras hurgaba en el bolso- no sé qué querés hacer, pero cualquier cosa puede perjudicarlos.

-Sacá el silenciador también.- dijo ella, imperturbable- ya te dije que no metas a los chicos en esto.


   Alejandro mostró sus manos, en una el arma, en la otra el silenciador.


-Colocaselo a la pistola- dijo señalando el silenciador.

   Él hizo todo con movimientos muy lentos, intentando ver la forma de desarmar a su mujer, esperando que en algún momento tuviera una reacción y desistiera de lo que fuera que estuviera pensando hacer. Una vez que puso el silenciador, miró a María esperando que dijera algo.


   A ella se le asomaron unas lágrimas a los ojos. Se libraba una lucha en su interior, de la que sólo ella sabía. Había amado a ese hombre que tenía enfrente desde que tenía memoria. Pero de repente parecía no sentir nada. Intentaba recordar cómo era amarlo, esperarlo, desearlo, pero todos esos sentimientos se habían apagado, como si nunca hubieran existido. Se desconocía a sí misma. O quizás siempre había sido así, y sólo faltaba una chispa para que todo explotara por los aires.


-Ponete el revolver en la cabeza.-ordenó ella.

-¿Qué?

-Lo que oíste. Ponete el revolver en la cabeza.- dijo sin dejar de apuntarlo con el arma que ella tenía.

-María, ¿qué querés hacer? Te prometo que todo va a ser como antes, no es necesario todo esto.-suplicó él.

-¿No era que querías divorciarte? ¿No dijiste que era imposible seguir juntos? ¿Que ibas a hablar con un abogado? ¿Qué pasó ahora? ¿Tenés miedo?

-María…

-Apretá el gatillo.

-María, por favor…

-Apretá el gatillo. No te lo voy a repetir otra vez. Te amé como a  nadie en la vida. Pero ahora solo veo basura.


   Apenas se sintió un chasquido. Alejandro cayó al piso, mientras la sangre comenzaba a correr por su sien. María salió de la habitación escondiendo su arma debajo del toallón.


-Muy amable, señor, gracias por la propina.- dijo mientras cerraba la puerta.


Tomó el carro de servicio y lo llevó hasta el depósito del piso. Salió y caminó hasta una escalera pequeña, que daba a una pequeña callejuela escondida, en donde el hotel tenía unos enormes contenedores para tirar la basura. Allí se quitó el uniforme de mucama, que se había puesto encima de su propia ropa y lo arrojó a uno de los recipientes. Caminó unas cuadras en la noche, buscó la camioneta de su abuelo, que había dejado estacionada detrás de otro edificio, subió y volvió a su pueblo sin pensar en nada de lo que había ocurrido.

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