Al abrir la
puerta de su habitación, Alejandro supo que nada había vuelto a ser como antes
en su esposa. Tenía puesto el uniforme de las mucamas del hotel, y llevaba el
carro de la limpieza, para disimular su presencia allí.
-¿Necesita un cambio de toallas, señor?- dijo ella
en voz alta, como alguien más pudiera escucharla.
Sin esperar
una respuesta de su esposo, María entró al cuarto. Alejandro cerró la puerta,
no sin mirar al pasillo, para cerciorarse de que no había nadie.
-¿Te vio alguien?- preguntó él- No entiendo, qué es
este circo, por qué te disfrazaste así, por qué no entraste como cualquier
persona, te anunciabas en recepción y subías?
María lo
miró con un aire de superioridad. Tenía un toallón sobre sus manos, y lo
sostenía como si escondiera algo debajo. Se sentó en un silloncito.
-Porque yo no soy cualquier persona, Ale. Yo soy tu
cómplice. No, mejor dicho, soy tu testigo obligada del crimen que cometiste.
-¿El crimen que cometí? Que cometimos, querrás
decir
.
-Yo no maté a nadie, le puse un somnífero en el vino
y nada más. El golpe de gracia se lo diste vos, mi amor. ¿O te olvidás del
palazo que le diste en la cabeza a tu enamorada?
Alejandro
tragó saliva. Se llevó una mano a la cabeza y movió la cabeza incrédulo.
-Vos estás loca. No sé qué te pasó, no puedo creer
en qué te convertiste.
-¿Me convertí? Me convertiste vos, tu engaño, tu
traición- susurró con todo el odio acumulado que tenía- En esto me transformó
haber descubierto que durante vaya a saber cuánto tiempo y con cuántas mujeres,
me metiste los cuernos mientras yo cuidaba nuestra casa, nuestros hijos y
esperaba que llegaras. Me convertí en esto después de imaginarme cómo te
burlaste de mí todos estos años. Claro, yo era una pueblerina, y vos te rozabas
con mujeres de la ciudad, con títulos, con profesiones, con ropa de marca, mientras
yo lavaba y limpiaba tu mugre los fines de semana a cambio de un beso sin
ganas, por las monedas de un fin de semana juntos. Y vos, vos te hacías el
hombre soltero, libre, sin compromisos, olvidándote de que atrás tuyo habían
tres personas que te esperaban!!
El rostro de
María se había desfigurado mientras hablaba. Un ser lleno de odio, de venganza
se había apoderado de ella, Alejandro no podía creer que tuviera tanto rencor.
-¿Cuántas fueron? Porque no creo que haya sido esta
sola. Seguro que fueron más, ¿no? Desde el primer día que empezaste con este
trabajo de mierda, yéndote todo el tiempo. ¡Claro! Estabas lejos de tu casa, de
tu familia, y podías hacer lo que querías, ¿total quién iba a enterarse?
Alejandro
se mantenía en silencio. Miraba sin mirar, sabiendo que tenía la culpa de este
cambio en su mujer. No se animaba a contradecirla, a decirle que Gabriela había
sido la única mujer con la que la había engañado, porque jamás le creería.
-Decime ¿Tenés más hijos? ¿Dejaste más chicos
tirados por ahí? ¡Respondé!
-No, no hay más hijos, no hubieron más mujeres. Sólo
fue Gabriela.
María lo
miró fijamente.
-Jajajajaja. Ahora contame un chiste.- María dejó
caer el toallón que le cubría el brazo y Alejandro pudo ver que tenía un
revolver.
-¿Qué vas a hacer? ¿Te volviste loca?
Ella lo
apuntaba, serena, fría.
-En tu bolso siempre traes un arma. Sacala.
-¿Para qué? ¿Vamos a batirnos a duelo?-preguntó
irónicamente Alejandro.
-Sacá el arma de tu bolso. Ahora- contestó ella sin
dejar de apuntarlo.
Alejandro
obedeció. No podía imaginar que sucedería después, y eligió seguirle el tren a
su esposa. Quizás se fuese calmando y comprendiera que todo era una locura.
-María, pensá en los chicos- dijo mientras hurgaba
en el bolso- no sé qué querés hacer, pero cualquier cosa puede perjudicarlos.
-Sacá el silenciador también.- dijo ella,
imperturbable- ya te dije que no metas a los chicos en esto.
Alejandro
mostró sus manos, en una el arma, en la otra el silenciador.
-Colocaselo a la pistola- dijo señalando el
silenciador.
Él hizo
todo con movimientos muy lentos, intentando ver la forma de desarmar a su
mujer, esperando que en algún momento tuviera una reacción y desistiera de lo
que fuera que estuviera pensando hacer. Una vez que puso el silenciador, miró a
María esperando que dijera algo.
A ella se
le asomaron unas lágrimas a los ojos. Se libraba una lucha en su interior, de
la que sólo ella sabía. Había amado a ese hombre que tenía enfrente desde que
tenía memoria. Pero de repente parecía no sentir nada. Intentaba recordar cómo
era amarlo, esperarlo, desearlo, pero todos esos sentimientos se habían
apagado, como si nunca hubieran existido. Se desconocía a sí misma. O quizás
siempre había sido así, y sólo faltaba una chispa para que todo explotara por
los aires.
-Ponete el revolver en la cabeza.-ordenó ella.
-¿Qué?
-Lo que oíste. Ponete el revolver en la cabeza.-
dijo sin dejar de apuntarlo con el arma que ella tenía.
-María, ¿qué querés hacer? Te prometo que todo va a
ser como antes, no es necesario todo esto.-suplicó él.
-¿No era que querías divorciarte? ¿No dijiste que
era imposible seguir juntos? ¿Que ibas a hablar con un abogado? ¿Qué pasó
ahora? ¿Tenés miedo?
-María…
-Apretá el gatillo.
-María, por favor…
-Apretá el gatillo. No te lo voy a repetir otra vez.
Te amé como a nadie en la vida. Pero
ahora solo veo basura.
Apenas se
sintió un chasquido. Alejandro cayó al piso, mientras la sangre comenzaba a
correr por su sien. María salió de la habitación escondiendo su arma debajo del
toallón.
-Muy amable, señor, gracias por la propina.- dijo
mientras cerraba la puerta.
Tomó el carro de servicio y lo llevó hasta el
depósito del piso. Salió y caminó hasta una escalera pequeña, que daba a una
pequeña callejuela escondida, en donde el hotel tenía unos enormes contenedores
para tirar la basura. Allí se quitó el uniforme de mucama, que se había puesto
encima de su propia ropa y lo arrojó a uno de los recipientes. Caminó unas
cuadras en la noche, buscó la camioneta de su abuelo, que había dejado
estacionada detrás de otro edificio, subió y volvió a su pueblo sin pensar en
nada de lo que había ocurrido.
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