María cocinaba la cena. Mientras tanto, los chicos jugaban en el living y miraban la television. Sus risas le hicieron pensar que todo había vuelto a la normalidad. Tan sólo que Alejandro no abriría nunca más la puerta, provocando sus gritos de alegría. Puso una sartén a calentar y miró fijo la hornalla. Había pasado un mes desde que el comisario Ramírez llegara en medio de la noche para avisarle que un enorme incendio se estaba produciendo en el terreno de Paco...
La hoguera iluminaba el enorme campo, de manera tal que parecía pleno día a mitad de la noche. Las llamas se elevaban hacia el cielo, como si fueran una plegaria, quizás pidiendo redención. La camioneta Ford F-100 ardía, en medio de algunas explosiones, que no inmutaban a quien miraba fijamente cómo se derretían las cubiertas, los tapizados, la gomaespuma de los asientos e iban quedando solamente en pie las estructuras de hierro, encendidas como si alguien las estuviera por trabajar en una forja.
La hoguera iluminaba el enorme campo, de manera tal que parecía pleno día a mitad de la noche. Las llamas se elevaban hacia el cielo, como si fueran una plegaria, quizás pidiendo redención. La camioneta Ford F-100 ardía, en medio de algunas explosiones, que no inmutaban a quien miraba fijamente cómo se derretían las cubiertas, los tapizados, la gomaespuma de los asientos e iban quedando solamente en pie las estructuras de hierro, encendidas como si alguien las estuviera por trabajar en una forja.
¡Lástima que los recuerdos no podían quemarse,
hacerse cenizas y esparcirse por todas partes hasta perderse en el viento! ¡Qué
pena que el dolor no pudiera incendiarse, hasta convertirse en una cosa
diminuta y negra, que se perdiera en algún lugar al que jamás regresaría!
Sólo pensaba que nadie más podría saber su secreto.
Ni siquiera sospechar que había sido responsable de tres muertes. La alejarían
de sus hijos. No importaba sobrellevar en sus hombros el mote de “cornuda”, que
las viejas chismosas del pueblo la miraran con conmiseración y murmuraran entre
ellas “pobrecita”, mientras hacían las compras de la casa.
“Pobrecita”. Si ellas supieran. Si supieran que
mientras ellas la miraban con pena, sus esposos acudían a los pueblos vecinos,
con el pretexto de ayudar en la parición de una yegua, y se metían en los
hoteluchos de mala muerte a saciar sus vehementes necesidades sexuales con las
jóvenes prostitutas que les mentían deseo a cambio de unos billetes. ¿Qué
harían si supieran que no permitió que su marido se burle, mientras ella
le había dedicdo su vida? ¿Le tendrían pena o la aplaudirían?
En cierto modo, se sentía una heroína, una especie
de dios que había puesto equilibrio en una balanza. Pero Paco… Paco había sido
un daño colateral. Un mal necesario. Una eventualidad que hubiese deseado evitar . ¿Por qué tuvo que ocurrírsele salir de juerga justo esa noche? ¿Por qué siguió al perro hasta el montecito? Habia intentado espantarlo con unas piedras, pero no lo logró . Debería haberle disparado al animal y Paco estaría con vida. Pero sabía que el ruido del arma lo despertaría e, igualmente, hubiera arruinado su plan.
María tenía la intención de llevarse los restos de Gabriela y tirarlos lo más lejos posible, para que nadie, sobre todo Paco, los descubriera . Había sido un milagro que luego de que los niños anduvieron jugando allí, su abuelo no hubiera ido a quitar el supuesto animal muerto. Tenía que actuar antes de que encontrasen los huesos y sospecharan de ella. Pero Paco...
Sintió el sonido del motor en la oscuridad y se escondió detrás de un arbusto. Vio qie la camioneta de su abuelo aparecía en medio de la noche, dirigiéndose a la parte del alambrado por la que salía cuando se iba al otro pueblo. Lo observó bajarse, escuchó al perro enloquecido, escarbando la tierra. Suspiró esperando que su abuelo no le prestara atención . El hombre caminó hacia el montecito, se arrodilló y comenzó a retirar la tierra. Lo escuchó exclamar algo y comprendió que estaba perdida. Paco había descubierto el cuerpo de Gabriela, enterrado allí . No pudo pensarlo mucho . Salió de su escondite, apuntó la escopeta y disparó .
María tenía la intención de llevarse los restos de Gabriela y tirarlos lo más lejos posible, para que nadie, sobre todo Paco, los descubriera . Había sido un milagro que luego de que los niños anduvieron jugando allí, su abuelo no hubiera ido a quitar el supuesto animal muerto. Tenía que actuar antes de que encontrasen los huesos y sospecharan de ella. Pero Paco...
Sintió el sonido del motor en la oscuridad y se escondió detrás de un arbusto. Vio qie la camioneta de su abuelo aparecía en medio de la noche, dirigiéndose a la parte del alambrado por la que salía cuando se iba al otro pueblo. Lo observó bajarse, escuchó al perro enloquecido, escarbando la tierra. Suspiró esperando que su abuelo no le prestara atención . El hombre caminó hacia el montecito, se arrodilló y comenzó a retirar la tierra. Lo escuchó exclamar algo y comprendió que estaba perdida. Paco había descubierto el cuerpo de Gabriela, enterrado allí . No pudo pensarlo mucho . Salió de su escondite, apuntó la escopeta y disparó .
Nadie, excepto ella y los niños, extrañarían a Paco.
El fuego borraba todas las huellas que podrían culparla de algo. La escopeta se
quemaba junto con Paco, igual que los restos que quedaban de la amante de
Alejandro. Nadie, excepto ella, sabría cómo fueron las cosas.
Miró nuevamente la pira incendiara. Entre el fuego, en medio de las llamas, el cuerpo de Paco se achicharraba mientras María lo observaba a unos metros de distancia. Quizás alguien, en algún campo vecino, ya habría advertido el fuego. Quizás, alguien, ya habría llamado a los bomberos, a la comisaría. Pronto el pueblo entero sabría que, nuevamente, la desgracia se había colado en su vida.
Un timbrazo la distrajo de sus pensamiento . Volvió a la cocina, a los niños que saltaban sobre el sofá. Abrió la puerta y se encontró al comisario Ramírez que, como cada noche desde la muerte de Paco, iba a saludarla para asegurarse de que todo estaba bien. Su secreto, ahora, estaba seguro.
Fin.
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