lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 12


   Habían pasado cinco días. Cinco días en que Alejandro se estaba volviendo loco, encerrado en el cuarto del hotel en donde siempre se alojaba cuando iba a la ciudad, mirando noticieros, esperando que alguno pusiera una foto suya y lo culpara de la muerte de Gabriela. Esperaba que alguien descubriera su cuerpo, enterrado en un monte de la enorme propiedad del abuelo de María. Esperaba que la policía golpeara la puerta, o la abriera intempestivamente, para llevarlo al calabozo más frío y oscuro hasta que sus huesos se pudrieran.


   Pensaba una y otra vez en cómo había ocurrido todo. En esa noche en la que María le dijo que había descubierto su romance como si le contara que había llegado un impuesto, con un tono de voz gélido, que  a él lo paralizó. Como si esa mujer que le habló a partir de ese momento, no fuera la misma persona que había conocido en la escuela, cuando apenas eran unos niños, y jugaban a ser novios. No reconocía a la chica del vestido rosa de la fiesta de egresados, con la sonrisa brillante y las mejillas sonrosadas, llena de emoción porque irían juntos por primera vez como novios. 


  Lo que había poseído a María era un demonio ciego, lleno de ira. Jamás había pensado que María podría enterarse de su relación con Gabriela. Y jamás pensó que María podía llegar a maquinar un crimen y hacerlo como si estuviese siguiendo una receta de cocina.


  Su teléfono sonó. El nombre y la foto sonriente de su esposa aparecían en la pantalla. No quería atender, pero no imaginaba qué podía llegar a hacer ese monstruo en el que se había convertido.


-Hola.-dijo él.

-Hola, mi amor, qué poca emoción te noto en la voz.-respondió ella irónicamente.

-¿Qué querés?

-Saber cómo está mi corazoncito.- usó un tono falsamente meloso.


   Alejandro de repente supo que no quería saber nada más con ella, que no soportaría convivir con el secreto del asesinato de Gabriela.


-Quiero que nos separemos, María.


   Un silencio le respondió. 


-¿María? ¿Estás ahí? ¿Escuchaste lo que dije?

-Sí. Escuché. 

-Dije que quiero el divorcio.


-Andá hasta la estación, sacá un pasaje para la noche, para volver al pueblo.

-¿Un pasaje? No entiendo, te estoy diciendo que quiero separarme y vos me respondés que vaya a sacar un pasaje a la estación?

-¿Pretendes que hablemos de eso enfrente de los chicos? ¿Qué ellos sean testigos de lo que su padre hizo? ¿De cómo nos engañaste?

-Esperá, no mezcles las cosas, un tema fue mi relación con Gabriela y otra muy distinta lo que hicimos nosotros.

-¿Hicimos?  ¿Qué hicimos? Yo no hice nada.

-María, mañana voy a hablar con un abogado, te voy a dejar la casa, el auto, vas a recibir una pensión, no te va a faltar nada…


   La voz gélida habló casi deletreando las palabras.


-Te vas a ir a la estación, y vas a sacar un pasaje de vuelta al pueblo para esta noche, para última hora, ¿te quedó claro? Voy a ir para allá, vamos a hablar sin testigos, solos.

-¿Vas a venir en colectivo?  ¿Por qué no venís en el auto, no entiendo?

  Un sollozo interrumpió del otro lado de la línea. De pronto, la María de toda la vida volvía a asomar.


-¿Pensás que estoy en condiciones de manejar? ¿Pensás que no me derrumbo cada día, cada noche, sabiendo que me odias, me desprecias, que ya no me amás más?


   Alejandro respiró profundamente. Tenía un torbellino en su cabeza.


-Está bien. Saco el pasaje para el último micro de la noche.

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