Habían
pasado cinco días. Cinco días en que Alejandro se estaba volviendo loco,
encerrado en el cuarto del hotel en donde siempre se alojaba cuando iba a la
ciudad, mirando noticieros, esperando que alguno pusiera una foto suya y lo
culpara de la muerte de Gabriela. Esperaba que alguien descubriera su cuerpo,
enterrado en un monte de la enorme propiedad del abuelo de María. Esperaba que
la policía golpeara la puerta, o la abriera intempestivamente, para llevarlo al
calabozo más frío y oscuro hasta que sus huesos se pudrieran.
Pensaba una
y otra vez en cómo había ocurrido todo. En esa noche en la que María le dijo
que había descubierto su romance como si le contara que había llegado un
impuesto, con un tono de voz gélido, que
a él lo paralizó. Como si esa mujer que le habló a partir de ese
momento, no fuera la misma persona que había conocido en la escuela, cuando
apenas eran unos niños, y jugaban a ser novios. No reconocía a la chica del
vestido rosa de la fiesta de egresados, con la sonrisa brillante y las mejillas
sonrosadas, llena de emoción porque irían juntos por primera vez como novios.
Lo que había
poseído a María era un demonio ciego, lleno de ira. Jamás había pensado que
María podría enterarse de su relación con Gabriela. Y jamás pensó que María
podía llegar a maquinar un crimen y hacerlo como si estuviese siguiendo una
receta de cocina.
Su teléfono
sonó. El nombre y la foto sonriente de su esposa aparecían en la pantalla. No
quería atender, pero no imaginaba qué podía llegar a hacer ese monstruo en el
que se había convertido.
-Hola.-dijo él.
-Hola, mi amor, qué poca emoción te noto en la
voz.-respondió ella irónicamente.
-¿Qué querés?
-Saber cómo está mi corazoncito.- usó un tono
falsamente meloso.
Alejandro
de repente supo que no quería saber nada más con ella, que no soportaría
convivir con el secreto del asesinato de Gabriela.
-Quiero que nos separemos, María.
Un silencio
le respondió.
-¿María? ¿Estás ahí? ¿Escuchaste lo que dije?
-Sí. Escuché.
-Dije que quiero el divorcio.
-Andá hasta la estación, sacá un pasaje para la
noche, para volver al pueblo.
-¿Un pasaje? No entiendo, te estoy diciendo que
quiero separarme y vos me respondés que vaya a sacar un pasaje a la estación?
-¿Pretendes que hablemos de eso enfrente de los
chicos? ¿Qué ellos sean testigos de lo que su padre hizo? ¿De cómo nos
engañaste?
-Esperá, no mezcles las cosas, un tema fue mi
relación con Gabriela y otra muy distinta lo que hicimos nosotros.
-¿Hicimos?
¿Qué hicimos? Yo no hice nada.
-María, mañana voy a hablar con un abogado, te voy a
dejar la casa, el auto, vas a recibir una pensión, no te va a faltar nada…
La voz
gélida habló casi deletreando las palabras.
-Te vas a ir a la estación, y vas a sacar un pasaje de
vuelta al pueblo para esta noche, para última hora, ¿te quedó claro? Voy a ir
para allá, vamos a hablar sin testigos, solos.
-¿Vas a venir en colectivo? ¿Por qué no venís en el auto, no entiendo?
Un sollozo
interrumpió del otro lado de la línea. De pronto, la María de toda la vida
volvía a asomar.
-¿Pensás que estoy en condiciones de manejar?
¿Pensás que no me derrumbo cada día, cada noche, sabiendo que me odias, me
desprecias, que ya no me amás más?
Alejandro
respiró profundamente. Tenía un torbellino en su cabeza.
-Está bien. Saco el pasaje para el último micro de
la noche.
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