lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 11


  Rafaela no lograba comunicarse con su hermana. Había intentado salir más temprano de su trabajo, para concretar el encuentro pactado la noche anterior. Le había enviado unos mensajes de whatsapp que Gabriela no había visto. De hecho, la única tilde gris durante tantas horas le provocaba dolor de estómago, mientras miraba el reloj. Parecía que el tiempo no pasara.


   Podría ser que Gabriela hubiera decidido apagar el celular y desconectarse de todo, quizás para que Alejandro no la moleste. Quizás decidió tomarse un tiempo para curar la tristeza que esta situación le provocaba.  Tampoco había ido a la clínica donde trabajaba. Llamó durante su descanso y la recepcionista le dijo que nunca fue y que tampoco avisó de que se ausentaría, que sus pacientes habían sido derivados a otros doctores y, algunos, decidieron irse sin ser atendidos, porque sólo querían tratarse con ella.


  Era raro tanto silencio. Rafaela caminó hasta el café en donde se reunirían. Su hermana era la mujer más puntual del mundo y sólo una urgencia con algún paciente podría hacerla demorar, pero siempre avisaba. ¿Qué estaba pasando ahora?


   Pidió un té y esperó. Miraba la hora a cada rato, nerviosa, preocupada, estirando la cabeza hacia la vereda cada vez que veía una persona caminando hacia el lugar. Volvió a mirar su reloj. Había pasado más de una hora y Gabriela no aparecía, y su celular continuaba apagado.



   Pagó la cuenta y en la calle se subió a un taxi. Dio la dirección del departamento de Gabriela y le pidió al chofer que fuera lo más rápido que pudiese.  Al llegar, tocó el timbre del portero eléctrico. Nadie respondía. Insistió varias veces, mientras contenía las lágrimas, pensando en qué habría pasado para que Gabriela no contestase las llamadas, no respondiera al timbre, abandonase a sus pacientes y tampoco le avisara que no iría al encuentro que habían arreglado.


  Comenzó a tocar el timbre de la encargada del edificio. Del otro lado del aparato, una voz pastosa preguntó quién era.


-Soy la hermana de la doctora Sáenz. Estoy llamando a su departamento y no me responde.

-Debe estar en el hospital.

-No, no fue a trabajar, de hecho, íbamos a encontrarnos hoy y faltó a la cita. Tampoco me avisó.

-Habrá salido con el novio.

-No, por favor, señora, necesito que me deje entrar al departamento.

-La doctora nunca me dijo que estaba autorizada para dejarla entrar.

 
   Rafaela apeló a su última dosis de educación para no insultarla y con la mayor calma que pudo, le dijo:


-Señora, si no me deja pasar, en este mismo momento llamaré a la policía, solicitando que derriben la puerta del edificio y del departamento de mi hermana, así que elija. Y, en el mejor de los casos, si usted llegara a tener algún inconveniente con Gabriela, yo le voy a decir que la amenacé, quédese tranquila.


   Del otro lado solo se sintió el sonido del aparato intercomunicador siendo colgado. Rafaela no sabía qué significaba eso hasta que a los pocos minutos vio a la mujer, lenta y caminando como si cada paso le pesara una tonelada, con cara de muy malhumor.


-Espero no tener problemas por esto- le dijo la encargada.

-Quédese tranquila, yo me hago responsable.


   Subieron el par de pisos por el ascensor sin hablar. Rafaela jugaba con su llavero y la encargada miraba al techo como rogando que todo esto fuera una pesadilla, quería volver a su casa, aún le faltaban un par de horas para reincorporarse a su trabajo y justo en el programa de chimentos de la tarde estaban dando una primicia sobre una pareja de actores que se estaba separando, y los periodistas contaban todos los detalles de las peleas, con audios de whatsapp y todo.


   Salieron del ascensor, cruzaron el pasillo y la mujer buscó la llave del departamento de Gabriela. A Rafaela se le hacía todo insoportablemente lento, tenía la sensación de que cada segundo duraba una hora, de que jamás lograría entrar a la casa de su hermana y que todo quedaría congelado en el instante en que la mujer colocara la llave en la cerradura. 


   De repente, todo fue más rápido. Rafaela entró y comenzó a llamar a Gabriela. La mujer se quedó en el pasillo, al lado de la puerta, como esperando que en algún momento la inquilina llegara y temiendo que le arme escándalo. No quería que la acusaran de  nada. El mundo estaba muy loco. Y la hermana de la doctora parecía estarlo.


   Rafaela recorrió todos los ambientes. No había nada. Sobre la mesa, unas copas de vino, los platos, todo colocado como si estuviera esperando a alguien para cenar. En el dormitorio, la cama revuelta. En el baño, ningún indicio de su hermana. No lograba descifrar qué estaba pasando. Llamó al celular de Gabriela nuevamente, esperando que estuviera ahí el aparato. Solo respondió una grabación, en donde se le comunicaba, por enésima vez, que el número se encontraba apagado o fuera del área de cobertura.

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