La camioneta del abuelo Paco no era lo más cómodo
para viajar. Pero era la movilidad que ellos necesitaban en ese momento. Era
una vieja Ford F-100, que el abuelo jamás había registrado a su nombre, ya que
casi nunca la usaba más que para recorrer su campo. Odiaba ir al pueblo y se
hacía traer la mercadería por algún vecino o cuando alguno de sus nietos le
avisaba que iría a visitarlo. Siempre tenía bidones de combustible para llenar
el tanque, que también se hacía llevar cuando lo necesitaba.
En el
pueblo era bien conocido por ser un poco ermitaño, y nadie lo molestaba. Se
sorprendió cuando María, de la nada, se apareció en su casa para pedirle la
camioneta.
-Mirá que no quiero problemas con el comisario o el
intendente, eh.- advirtió serio.
-No, abuelo, quedate tranquilo, a Alejandro se le rompió algo del coche y
tenemos que ir a la ciudad a buscarlo, te prometo que vamos y venimos en un
día, o menos.
-¿Y si se van ahora y vuelven en un día, me podés
decir qué repuesto tienen que comprar? ¿Por qué mejor no van mañana? Van a
encontrar todo cerrado y seguro los multan en la ciudad- el viejo sentía que
había algo raro que su nieta no quería contarle.
-Justamente porque tu camioneta no puede circular de
día, abuelo! Un amigo de Ale va a
comprar el repuesto por nosotros, lo lleva a su casa, vamos a buscarlo y venimos, así no nos para la
caminera, ni nadie que ande controlando por ahí. De noche viste que es más
tranquilo, más en esta época del año.
La
explicación de su nieta le pareció suficiente. Dio el visto bueno, le entregó
las llaves, comprobaron que hubiera suficiente combustible para el viaje y le
dio un bidón grande por si acaso lo necesitaban. María se fue con la camioneta
y el abuelo regresó a cuidar de su huerto.
La ruta era
oscura. María y Alejandro no hablaban. Ni siquiera escuchaban algo en la
vetusta radio que aun funcionaba. Iban tensos, mirando el camino. Ninguno de
los dos supo muy bien hasta donde llegaría todo esto. A Alejandro le asombraba
la tranquilidad con la que María se había estado comportando. Siempre la había
visto tan frágil, tan cálida, tan desprovista de toda maldad. Creía que era
incapaz de hacerle daño a alguien.
Al llegar a
la entrada del pueblo, ella le hizo una señal.
-No, por ahí, no.- le dijo.
-¿Y a dónde vamos?- preguntó intrigado él.
Ella hizo
silencio un instante.
-A la granja de Paco.
-¿Qué? ¿Estás loca? ¿A esta hora? Va a salir a los
escopetazos, pensando que somos ladrones!- protestó él.
Ella lo
miró seria, de una forma en que jamás lo había mirado.
-Dije a lo de mi abuelo Paco.- repitió casi
deletreando las palabras, con total frialdad.
Alejandro
respiró profundo y tomó el camino que llevaba al campo del abuelo de su mujer.
El sendero se encontraba en mal estado, y debía manejar a una velocidad menor a
la acostumbrada, ya que no veía bien los pozos. Sentía que en cualquier
momento, algo podría salir mal. No quería pensar. María le señaló un camino
pequeño que bordeaba el campo, evidentemente no quería llegar por el ingreso
principal, y eso tenía que ver con que su abuelo no supiera que habían
regresado.
Alejandro
condujo unos cuantos metros hasta que su esposa le indicó que se detuviera, sin
parar la marcha del vehículo. Ella bajó, fue hasta una alambrada, la
desenganchó, corrió los cables para dar paso a la camioneta, le hizo señas para
que avance y luego volvió a cerrar la alambrada. Al subir, su esposo
sorprendido, le preguntó:
-¿Cómo sabías que podías desenganchar esa parte?
-Me crié en este campo, Ale, conozco todos los
secretos- dijo ella, mirándolo con sorna.
-Sí, pero tu abuelo pudo haber arreglado esa cerca
sin que lo supieras.
Ella lo miró
divertida. Qué poco la conocía su esposo.
-Paco jamás tocaría esa parte de la cerca.
Justamente porque es por donde sale con la camioneta cuando se va de joda al
otro pueblo. Acá todos los creen un
ermitaño, un solitario, un tipo que no sale nunca. Pero el abuelo tiene sus
mañas. Ahora manejá hasta donde yo te diga.
María
estaba mostrando una frialdad desconocida hasta ahora. Quizás ella también
había sido alguien totalmente diferente a quien Alejandro conocía.
Evidentemente nunca había notado nada en ella, o la rabia la estaba dominando
de tal manera que la llevaba a hacer cosas insospechadas para él.
Cuando
aquélla noche María le dijo sin mediar escándalo, que el próximo viaje que
hiciera iría con él, que irían a lo de su amante y le confesaría delante de
ella cuál era su verdadera situación, Alejandro no pudo, o no supo, reaccionar.
Lo sorprendió que su esposa no gritase, no llorara, no le reprochase nada. Sólo
que irían y que él haría exactamente lo que ella le indicase, sin oponerse. Y
la primera orden fue enviarle el mensaje en donde le decía que necesitaba
hablar con ella en su departamento. Alejandro nunca supo cómo María se enteró
de que tenía un romance con otra mujer.
Al llegar a un pequeño montecito, María le
indicó que se detuviera. Buscó debajo del asiento y sacó una pala. Se la dio a su marido.
-Ahí, empezá a hacer un pozo.- le dijo con absoluta
frialdad.
-Pero…-titubeó él.
-Sin peros, Alejandro. Sos el único responsable de
esto.
Alejandro
tomó una pala y fue hasta el lugar indicado por su mujer. Le llevaría tiempo
hacer un pozo lo suficientemente profundo.
Al cabo de un par de horas, su esposa decidió que ya estaba bien.
-Vamos a la camioneta.
-María, ¿Qué pensas hacer? Los chicos…- comenzó a
suplicar Alejandro.
-Ni se te ocurra meter a los chicos en esta
conversación. Ellos no tienen nada que ver. Y si tanto te interesan, te
hubieras preocupado por los chicos cuando decidiste meterme los cuernos.-
respondió ella con absoluta frialdad.
Fueron hasta
la camioneta y Alejandro quitó la lona que cubría la caja. No podía dejar de
pensar en ese bulto, envuelto en unas sábanas, que trajeron desde la ciudad,
sin que nadie los descubriese.
-Vamos, movete, bajala.- ordenó María.
El hombre
atrajo el bulto hacia donde estaba. Unos pies descalzos se sentían aún tibios
debajo del envoltorio.
-Dale, movete, no tenemos toda la noche!- lo increpó
María.
-¿Y si está viva? Todavía estamos a tiempo de parar
con esto.
María se le acercó hasta quedar rostro con rostro.
Su mirada tenía la frialdad del hielo.
-Bajala.
Alejandro
arrastró el cuerpo, lo cargó sobre sus brazos y lo llevó hasta el lugar en
donde había excavado el pozo. Bajo esas
sábanas, en las que tantas veces hicieron el amor, estaba Gabriela, la mujer
que había conocido una tarde mientras hacía unos trámites de su trabajo en la
ciudad y con la que había compartido parte de los últimos dos años.
Cuando la
dejó en el suelo, sin que María lo pudiera ver, le dio un suave beso en lo que
debía ser la cabeza.
-Perdón.- murmuró apenas.
-Ahora ponela adentro y tapala.- ordenó ella, con
esa voz nueva y desconocida que tenía ahora.
El hombre
corrió el cuerpo de Gabriela hacia el hueco, lo desplazó suavemente, como si
tuviera miedo de que se golpeara y lo acomodó lo mejor que pudo.
-¿No querés que tu amante se lastime?- preguntó
María irónicamente.- No te preocupes, ya debe estar muerta.
-¿Qué le diste?
-Veneno para ratas. Y agradecé que no te lo di a
vos, que sos la verdadera rata de esta historia.
Alejandro
apretó los dientes, tomo la pala y volcó la tierra que había quitado del pozo,
tapando el cuerpo de Gabriela. De
repente sintió un gemido, muy leve, y notó que el envoltorio comenzaba a
moverse.
-María, está con vida, se movió!- exclamó él-
Estamos a tiempo de terminar con esto y no terminar presos!!
La mujer
caminó hasta el lugar, observó el cuerpo y luego a su esposo.
-Pegale con la pala, en la cabeza, fuerte.
-¿Qué?
-Si pensas que está viva, pegale con la pala y
asegurate de que esté bien muerta. Y si
no, seguí cubriendo el cuerpo con la tierra, no tenemos toda la noche, vos
tenés que volver al hotel.
Alejandro
cerró los ojos y dio un golpe sobre la cabeza de la mujer que estaba
enterrando. Una mancha de sangre comenzó a extenderse sobre la sábana que
cubría el cuerpo. Terminó de taparlo y volvió a la camioneta. María le indicó
que regresaran al pueblo.
Mientras
manejaba, Alejandro pensaba en todo lo que había ocurrido aquélla noche. No
quería volver con María. No podría fingir que amaba a esa mujer desconocida,
cruel, fría y calculadora que ahora se sentaba a su lado.
Al llegar
al pueblo, María le indicó que dejara la camioneta en la parte de atrás de la
casa, que tomara su coche y volviera al hotel, de donde supuestamente no había
salido.
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