lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 10


La camioneta del abuelo Paco no era lo más cómodo para viajar. Pero era la movilidad que ellos necesitaban en ese momento. Era una vieja Ford F-100, que el abuelo jamás había registrado a su nombre, ya que casi nunca la usaba más que para recorrer su campo. Odiaba ir al pueblo y se hacía traer la mercadería por algún vecino o cuando alguno de sus nietos le avisaba que iría a visitarlo. Siempre tenía bidones de combustible para llenar el tanque, que también se hacía llevar cuando lo necesitaba.


   En el pueblo era bien conocido por ser un poco ermitaño, y nadie lo molestaba. Se sorprendió cuando María, de la nada, se apareció en su casa para pedirle la camioneta.


-Mirá que no quiero problemas con el comisario o el intendente, eh.- advirtió serio.

-No, abuelo, quedate tranquilo,  a Alejandro se le rompió algo del coche y tenemos que ir a la ciudad a buscarlo, te prometo que vamos y venimos en un día, o menos.

-¿Y si se van ahora y vuelven en un día, me podés decir qué repuesto tienen que comprar? ¿Por qué mejor no van mañana? Van a encontrar todo cerrado y seguro los multan en la ciudad- el viejo sentía que había algo raro que su nieta no quería contarle.

-Justamente porque tu camioneta no puede circular de día, abuelo!  Un amigo de Ale va a comprar el repuesto por nosotros, lo lleva a su casa, vamos  a buscarlo y venimos, así no nos para la caminera, ni nadie que ande controlando por ahí. De noche viste que es más tranquilo, más en esta época del año.


   La explicación de su nieta le pareció suficiente. Dio el visto bueno, le entregó las llaves, comprobaron que hubiera suficiente combustible para el viaje y le dio un bidón grande por si acaso lo necesitaban. María se fue con la camioneta y el abuelo regresó a cuidar de su huerto.  


  La ruta era oscura. María y Alejandro no hablaban. Ni siquiera escuchaban algo en la vetusta radio que aun funcionaba. Iban tensos, mirando el camino. Ninguno de los dos supo muy bien hasta donde llegaría todo esto. A Alejandro le asombraba la tranquilidad con la que María se había estado comportando. Siempre la había visto tan frágil, tan cálida, tan desprovista de toda maldad. Creía que era incapaz de hacerle daño a alguien.


  Al llegar a la entrada del pueblo, ella le hizo una señal.


-No, por ahí, no.- le dijo.

-¿Y a dónde vamos?- preguntó intrigado él.

   Ella hizo silencio un instante.

-A la granja de Paco.

-¿Qué? ¿Estás loca? ¿A esta hora? Va a salir a los escopetazos, pensando que somos ladrones!- protestó él.


   Ella lo miró seria, de una forma en que jamás lo había mirado. 


-Dije a lo de mi abuelo Paco.- repitió casi deletreando las palabras, con total frialdad.


   Alejandro respiró profundo y tomó el camino que llevaba al campo del abuelo de su mujer. El sendero se encontraba en mal estado, y debía manejar a una velocidad menor a la acostumbrada, ya que no veía bien los pozos. Sentía que en cualquier momento, algo podría salir mal. No quería pensar. María le señaló un camino pequeño que bordeaba el campo, evidentemente no quería llegar por el ingreso principal, y eso tenía que ver con que su abuelo no supiera que habían regresado.


   Alejandro condujo unos cuantos metros hasta que su esposa le indicó que se detuviera, sin parar la marcha del vehículo. Ella bajó, fue hasta una alambrada, la desenganchó, corrió los cables para dar paso a la camioneta, le hizo señas para que avance y luego volvió a cerrar la alambrada. Al subir, su esposo sorprendido, le preguntó:


-¿Cómo sabías que podías desenganchar esa parte?

-Me crié en este campo, Ale, conozco todos los secretos- dijo ella, mirándolo con sorna.

-Sí, pero tu abuelo pudo haber arreglado esa cerca sin que lo supieras.


  Ella lo miró divertida. Qué poco la conocía su esposo.


-Paco jamás tocaría esa parte de la cerca. Justamente porque es por donde sale con la camioneta cuando se va de joda al otro pueblo.  Acá todos los creen un ermitaño, un solitario, un tipo que no sale nunca. Pero el abuelo tiene sus mañas. Ahora manejá hasta donde yo te diga.

 

   María estaba mostrando una frialdad desconocida hasta ahora. Quizás ella también había sido alguien totalmente diferente a quien Alejandro conocía. Evidentemente nunca había notado nada en ella, o la rabia la estaba dominando de tal manera que la llevaba a hacer cosas insospechadas para él.


   Cuando aquélla noche María le dijo sin mediar escándalo, que el próximo viaje que hiciera iría con él, que irían a lo de su amante y le confesaría delante de ella cuál era su verdadera situación, Alejandro no pudo, o no supo, reaccionar. Lo sorprendió que su esposa no gritase, no llorara, no le reprochase nada. Sólo que irían y que él haría exactamente lo que ella le indicase, sin oponerse. Y la primera orden fue enviarle el mensaje en donde le decía que necesitaba hablar con ella en su departamento. Alejandro nunca supo cómo María se enteró de que tenía un romance con otra mujer.


    Al llegar a un pequeño montecito, María le indicó que se detuviera. Buscó debajo del asiento y sacó una  pala. Se la dio a su marido.


-Ahí, empezá a hacer un pozo.- le dijo con absoluta frialdad.

-Pero…-titubeó él.

-Sin peros, Alejandro. Sos el único responsable de esto.


   Alejandro tomó una pala y fue hasta el lugar indicado por su mujer. Le llevaría tiempo hacer un pozo lo suficientemente profundo.  Al cabo de un par de horas, su esposa decidió que ya estaba bien. 


-Vamos a la camioneta.

-María, ¿Qué pensas hacer? Los chicos…- comenzó a suplicar Alejandro.

-Ni se te ocurra meter a los chicos en esta conversación. Ellos no tienen nada que ver. Y si tanto te interesan, te hubieras preocupado por los chicos cuando decidiste meterme los cuernos.- respondió ella con absoluta frialdad.


  Fueron hasta la camioneta y Alejandro quitó la lona que cubría la caja. No podía dejar de pensar en ese bulto, envuelto en unas sábanas, que trajeron desde la ciudad, sin que nadie los descubriese.

-Vamos, movete, bajala.- ordenó María.


   El hombre atrajo el bulto hacia donde estaba. Unos pies descalzos se sentían aún tibios debajo del envoltorio.


-Dale, movete, no tenemos toda la noche!- lo increpó María.

-¿Y si está viva? Todavía estamos a tiempo de parar con esto.


   María se le acercó hasta quedar rostro con rostro. Su mirada tenía la frialdad del hielo.


-Bajala.


  Alejandro arrastró el cuerpo, lo cargó sobre sus brazos y lo llevó hasta el lugar en donde había excavado el pozo.  Bajo esas sábanas, en las que tantas veces hicieron el amor, estaba Gabriela, la mujer que había conocido una tarde mientras hacía unos trámites de su trabajo en la ciudad y con la que había compartido parte de los últimos dos años.


   Cuando la dejó en el suelo, sin que María lo pudiera ver, le dio un suave beso en lo que debía ser la cabeza.


-Perdón.- murmuró apenas. 


-Ahora ponela adentro y tapala.- ordenó ella, con esa voz nueva y desconocida que tenía ahora. 


  El hombre corrió el cuerpo de Gabriela hacia el hueco, lo desplazó suavemente, como si tuviera miedo de que se golpeara y lo acomodó lo mejor que pudo.


-¿No querés que tu amante se lastime?- preguntó María irónicamente.- No te preocupes, ya debe estar muerta.

-¿Qué le diste? 

-Veneno para ratas. Y agradecé que no te lo di a vos, que sos la verdadera rata de esta historia.


   Alejandro apretó los dientes, tomo la pala y volcó la tierra que había quitado del pozo, tapando el cuerpo de Gabriela.  De repente sintió un gemido, muy leve, y notó que el envoltorio comenzaba a moverse.


 -María, está con vida, se movió!- exclamó él- Estamos a tiempo de terminar con esto y no terminar presos!!


  La mujer caminó hasta el lugar, observó el cuerpo y luego a su esposo.


-Pegale con la pala, en la cabeza, fuerte.

-¿Qué?

-Si pensas que está viva, pegale con la pala y asegurate de que esté bien muerta.  Y si no, seguí cubriendo el cuerpo con la tierra, no tenemos toda la noche, vos tenés que volver al hotel.


   Alejandro cerró los ojos y dio un golpe sobre la cabeza de la mujer que estaba enterrando. Una mancha de sangre comenzó a extenderse sobre la sábana que cubría el cuerpo. Terminó de taparlo y volvió a la camioneta. María le indicó que regresaran al pueblo. 


   Mientras manejaba, Alejandro pensaba en todo lo que había ocurrido aquélla noche. No quería volver con María. No podría fingir que amaba a esa mujer desconocida, cruel, fría y calculadora que ahora se sentaba a su lado.


   Al llegar al pueblo, María le indicó que dejara la camioneta en la parte de atrás de la casa, que tomara su coche y volviera al hotel, de donde supuestamente no había salido.

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