lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 9


 Gabriela no podía creer lo tonta que había sido. ¿Cómo no darse cuenta en esos años que Alejandro le había mentido? ¿Tan falso era, que podía fingir ser una persona, cuando en realidad era otra? ¿La amaba o sólo jugaba con ella? Evidentemente era un cobarde, ya que tuvo que refugiarse en su esposa para poder enfrentar la verdad. No comprendía cómo podía ser tan pusilánime. Era un perdedor y ella jamás lo había advertido. 


  Alguien llamó a su puerta. Mientras se secaba las lágrimas, pensó que su hermana habría ido a consolarla, aunque habían quedado en que se verían al día siguiente, luego de que Rafaela saliera de trabajar. Al abrir no estaba su hermana del otro lado, era la mujer de Alejandro.


-¿Puedo pasar?-preguntó con voz suave.


   Gabriela la miró desconcertada.


-¿A qué viniste?

-Discutí con Alejandro, nos dijimos muchas cosas feas, me bajé del auto y supongo que él se fue al hotel, no quiero ir allá y no conozco la ciudad, ni a nadie. Sólo se me ocurrió venir acá.- respondió María con lágrimas en los ojos.


   Gabriela no podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo. La mujer que unas pocas horas antes había tirado por tierra sus proyectos, ahora venía a pedirle ayuda?  Imaginó la situación, se compadeció de ella y la dejó entrar con un gesto de la mano.


-Gracias. No te das una idea de lo que fueron estos días.- dijo la mujer con voz suave.

-Después de hoy, te aseguro que sí me doy una idea.- respondió Gabriela- sentate si querés.


  María se acercó a la mesa, que aún estaba preparada para la cena íntima que había pensado tener junto a Alejandro.


-Hermosa preparación. Imagino que te llevaste una desilusión enorme, ¿no?

-Debo confesar que sí. Y también admitir que no entiendo que hacés acá, en mi casa, esto es muy surrealista, por favor!!
  

   María se levantó, como si entendiera que molestaba.


-Perdoname- siguió Gabriela- Pienso en mí y la verdad que no puedo imaginar qué estás pasando vos. 


   María volvió a sentarse, buscó un pañuelo en su cartera.


-La verdad que fue duro. Yo leí unos chats que le mandaste a mi marido.- Gabriela hizo un respingo de disgusto cuando escuchó esa palabra y María se corrigió- a Ale. Él se estaba duchando, sonó un teléfono que no sabía que tenía. Te juro que jamás revisé sus cosas, pero no pude resistirme. Y ahí estaba la prueba de su infidelidad. De su traición. De sus mentiras durante no sé cuánto tiempo!


   María comenzó a llorar. Gabriela tenía una sensación extraña. Por un lado quería que esa mujer se fuera de su casa, y por otro, la sentía frágil, sometida, sumisa a un esposo infiel. El problema era que el esposo infiel era el hombre con el que ella había estado saliendo durante dos años, y eso la convertía en la amante, en la persona que estaba provocando el dolor en esa otra mujer.


-¿Me traerías un vaso con agua, por favor?- pidió María.


   Gabriela fue hasta la cocina, buscó un vaso, lo llenó con agua y fue hasta la mesa de la sala. Mientras hacía esto, María hablaba de lo maravilloso padre que era Alejandro, de cómo jugaba con los chicos cuando llegaba de viaje, de los regalos que llevaba. María bebió el agua y siguió hablando mientras Gabriela volvía a la cocina. Al regresar, mientras la mujer no paraba de hablar de su vida de ama de casa, en el pueblo, pensando que tenía una familia feliz y perfecta, se sentó junto a ella y tomó una de las copas de vino que aún estaba servida. 


   De repente la voz de la mujer se le empezó a hacer lejana, sentía como si todo alrededor se moviera. Intentó levantarse y cayó sobre la silla. María se abalanzó sobre ella para sostenerla.


-Me parece que tomaste de golpe y con el estómago vacío, te debe haber hecho mal el vino. Vamos, te llevo a tu habitación.


    María la tomó de un brazo, se lo pasó por el hombro y fueron juntas hasta el cuarto. La dejó sobre la cama, la ayudó a recostarse y volvió a ir a la sala. Gabriela sintió que hablaba con alguien. Todo parecía como si se estuviera hundiendo y las voces eran cada vez más lejanas, mas distorsionadas. De repente, vio a Alejandro acercándose a su rostro. Ella sonrió, sin embargo él estaba serio. Intentó levantar su mano para acariciarle la cara y todo se oscureció.


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