Gabriela no
podía creer lo tonta que había sido. ¿Cómo no darse cuenta en esos años que
Alejandro le había mentido? ¿Tan falso era, que podía fingir ser una persona,
cuando en realidad era otra? ¿La amaba o sólo jugaba con ella? Evidentemente
era un cobarde, ya que tuvo que refugiarse en su esposa para poder enfrentar la
verdad. No comprendía cómo podía ser tan pusilánime. Era un perdedor y ella
jamás lo había advertido.
Alguien
llamó a su puerta. Mientras se secaba las lágrimas, pensó que su hermana habría
ido a consolarla, aunque habían quedado en que se verían al día siguiente,
luego de que Rafaela saliera de trabajar. Al abrir no estaba su hermana del
otro lado, era la mujer de Alejandro.
-¿Puedo pasar?-preguntó con voz suave.
Gabriela la
miró desconcertada.
-¿A qué viniste?
-Discutí con Alejandro, nos dijimos muchas cosas
feas, me bajé del auto y supongo que él se fue al hotel, no quiero ir allá y no
conozco la ciudad, ni a nadie. Sólo se me ocurrió venir acá.- respondió María
con lágrimas en los ojos.
Gabriela no
podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo. La mujer que unas pocas horas
antes había tirado por tierra sus proyectos, ahora venía a pedirle ayuda? Imaginó la situación, se compadeció de ella y
la dejó entrar con un gesto de la mano.
-Gracias. No te das una idea de lo que fueron estos
días.- dijo la mujer con voz suave.
-Después de hoy, te aseguro que sí me doy una idea.-
respondió Gabriela- sentate si querés.
María se acercó
a la mesa, que aún estaba preparada para la cena íntima que había pensado tener
junto a Alejandro.
-Hermosa preparación. Imagino que te llevaste una
desilusión enorme, ¿no?
-Debo confesar que sí. Y también admitir que no
entiendo que hacés acá, en mi casa, esto es muy surrealista, por favor!!
María se
levantó, como si entendiera que molestaba.
-Perdoname- siguió Gabriela- Pienso en mí y la
verdad que no puedo imaginar qué estás pasando vos.
María
volvió a sentarse, buscó un pañuelo en su cartera.
-La verdad que fue duro. Yo leí unos chats que le
mandaste a mi marido.- Gabriela hizo un respingo de disgusto cuando escuchó esa
palabra y María se corrigió- a Ale. Él se estaba duchando, sonó un teléfono que
no sabía que tenía. Te juro que jamás revisé sus cosas, pero no pude
resistirme. Y ahí estaba la prueba de su infidelidad. De su traición. De sus
mentiras durante no sé cuánto tiempo!
María
comenzó a llorar. Gabriela tenía una sensación extraña. Por un lado quería que
esa mujer se fuera de su casa, y por otro, la sentía frágil, sometida, sumisa a
un esposo infiel. El problema era que el esposo infiel era el hombre con el que
ella había estado saliendo durante dos años, y eso la convertía en la amante,
en la persona que estaba provocando el dolor en esa otra mujer.
-¿Me traerías un vaso con agua, por favor?- pidió
María.
Gabriela
fue hasta la cocina, buscó un vaso, lo llenó con agua y fue hasta la mesa de la
sala. Mientras hacía esto, María hablaba de lo maravilloso padre que era
Alejandro, de cómo jugaba con los chicos cuando llegaba de viaje, de los
regalos que llevaba. María bebió el agua y siguió hablando mientras Gabriela
volvía a la cocina. Al regresar, mientras la mujer no paraba de hablar de su
vida de ama de casa, en el pueblo, pensando que tenía una familia feliz y
perfecta, se sentó junto a ella y tomó una de las copas de vino que aún estaba
servida.
De repente
la voz de la mujer se le empezó a hacer lejana, sentía como si todo alrededor
se moviera. Intentó levantarse y cayó sobre la silla. María se abalanzó sobre
ella para sostenerla.
-Me parece que tomaste de golpe y con el estómago
vacío, te debe haber hecho mal el vino. Vamos, te llevo a tu habitación.
María la tomó de un brazo, se lo pasó por
el hombro y fueron juntas hasta el cuarto. La dejó sobre la cama, la ayudó a
recostarse y volvió a ir a la sala. Gabriela sintió que hablaba con alguien.
Todo parecía como si se estuviera hundiendo y las voces eran cada vez más
lejanas, mas distorsionadas. De repente, vio a Alejandro acercándose a su
rostro. Ella sonrió, sin embargo él estaba serio. Intentó levantar su mano para
acariciarle la cara y todo se oscureció.
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