A la noche
siguiente, un par de golpes sonaron en la puerta del departamento de Gabriela.
Se había puesto un vestido sugerente, de flores, que le hacían lucir su silueta
y mostraba generosamente su escote. Alejandro le había avisado que iría a
cenar, sin mucha más información. No
quiso importunarlo, y solo respondió que estaría preparada para recibirlo.
Su sonrisa
se borró cuando, al abrir la puerta, vio a su
novio junto a otra mujer. Ninguno tenía buena cara. Con un gesto,
Alejandro hizo pasar a su acompañante primero, y luego pasó él.
-¿Qué pasa? ¿Quién es esta señora, Ale?- preguntó
extrañada Gabriela.
Alejandro
se pasó la mano por la cabeza. No sabía cómo ni por donde comenzar a explicarle
a Gabriela. María se le adelantó.
-Buenas noches, soy María, la esposa de Alejandro.-
dijo, mientras le extendía la mano a Gabriela.
Gabriela no
reaccionó. Miró al hombre y esperaba que dijera algo. Alejandro se tapaba la
boca con la mano, mirando hacia otro lado.
-Ale, ¿qué broma es esta? ¿Qué está diciendo esta
mujer?-
-La verdad, Gaby.-respondió lacónico.
Gabriela lo
miró con furia.
-¿Qué estás diciendo? ¿Me estuviste mintiendo todo
este tiempo?- gritó
-De hecho, su abuelita murió cuando era muy pequeño
y casi no tiene recuerdos con ella.- acotó María, mirando con sorna a la otra
mujer.
Gabriela la miró como si estuviera a punto de
lanzarle una puñalada.
-¿Y a qué viniste? ¿A burlarte de mí? ¿A marcar el
territorio? ¿A reclamar tu propiedad?
-No, sólo vine a hacer lo que, evidentemente,
Alejandro no es capaz de hacer. Decir la verdad. No hay abuela, hay una esposa y dos hijos,
hay casi veinte años de relación. No sé por qué Alejandro no te contó todo, o
lo imagino, debería sentirse muy macho engañando a dos mujeres. Porque vos sola
no fuiste engañada.-respondió María.
-Se van.- Gabriela señaló la puerta y, dirigiéndose
a Alejandro, dijo- Se van y no quiero que vuelvas nunca más, quiero que no me llames, y si es posible que te mueras!!
María tomó
del brazo al hombre y caminó con él hacia la puerta. Se volvió hacia Gabriela y
le dijo:
-No lo tomes a mal, pero esto es lo mejor que podría
ocurrirte, sobre todo antes de invertir en un lugar que nunca será tu “nidito
de amor”.
Cuando se
quedó sola, Gabriela tomó un florero y lo tiró contra el piso. Lloró
desconsoladamente, se sirvió el vino que estaba sobre la mesa y buscó su
teléfono para hablar con la única persona que podría contenerla, su hermana Rafaela.
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