Gabriela
dormía cuando sonó su teléfono. Era un mensaje de Alejandro. Le había llamado
mucho la atención que no le respondiera nada cuando le envió las fotos del
departamento que había visitado y solo la dejase en visto. Su novio era un
hombre cariñoso y siempre enviaba algún emoticón para expresar su alegría, si
le parecía divertido, o si algo lo enojaba. También solía enviarle videos y
fotos subidas de tono, proponiendo algún juego sexual para el próximo
encuentro.
“Cuando vaya, necesito que nos encontremos en tu
casa”
Solo eso.
Ni “mi amor”, ni “mi vida”, “mi reina” ni ninguno de las palabras afectuosas
que siempre le decía. No sabía si responderle, ni cómo. ¿Ser cariñosa? ¿Dejarlo
en visto, como hizo él? Decidió contestar solo con un “ok”, lacónico y
terminante.
Igualmente,
mientras remoloneaba, pensaba en que prepararía una comida especial, abriría un
vino que a él le gustaba particularmente y se pondría esa ropa interior nueva,
con la que a Alejandro se le iría todo el mal humor.
De repente
pensó en que quizás no era malhumor, sino tristeza, lo que hacía que el hombre
tuviera ese comportamiento tan extraño. ¿Y si la anciana se había enfermado de
gravedad? O, peor, ¿si se había muerto?
Tal vez el pobre estaba pasando por un momento angustiante y ella en lugar de
contenerlo, se había enojado por la tontera de no responderle los mensajes.
Sintió una opresión en el pecho. ¿Por qué no le contaba nada?
No hay comentarios:
Publicar un comentario