lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 3


   La pequeña comisaría del pueblo se había sumido en un silencio sepulcral. Sólo el desconsuelo de María atravesaba las paredes, las puertas, las ventanas y quien pasara por la vereda, escucharía sus gritos de dolor. 


   Alejandro muerto. El padre de sus hijos ya no estaba.  Su vida había dado un vuelco repentino y ahora todo se derrumbaba. El comisario, que conocía a la joven desde muy pequeña, tuvo que salir de la oficina y dejarla con el personal femenino para que la contuviera. También conocía a Alejandro, no comprendía por qué un hombre tan lleno de vida había podido tomar semejante decisión.  


   Pero había algo peor. Algo que María aún no sabía y que ignoraría mientras pudieran mantenerla alejada de las redes sociales y  los televisores. Alejandro tenía una doble vida. En la ciudad había mantenido una relación con una médica durante algunos años. María debería soportar el murmullo de ser viuda y engañada. Aunque había algo más grave que el run-run del chismorreo pueblerino. Alejandro estaba como sospechoso de la desaparición de la médica, unos seis días antes de haberse suicidado. Viuda, engañada y con la sospecha de asesino, al menos hasta que la mujer apareciera. O el cuerpo.


   Escuchaba desde la pequeña recepción de la comisaría el llanto desconsolado de la mujer y no sabía cómo terminar de contarle la historia que envolvía a la muerte de su marido. Tiró el cigarrillo que estaba fumando en el piso, lo aplastó con el pie y se dirigió a su oficina, dispuesto a enfrentar a su demonio.


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