La pequeña
comisaría del pueblo se había sumido en un silencio sepulcral. Sólo el
desconsuelo de María atravesaba las paredes, las puertas, las ventanas y quien
pasara por la vereda, escucharía sus gritos de dolor.
Alejandro
muerto. El padre de sus hijos ya no estaba. Su vida había dado un vuelco repentino y ahora
todo se derrumbaba. El comisario, que conocía a la joven desde muy pequeña,
tuvo que salir de la oficina y dejarla con el personal femenino para que la
contuviera. También conocía a Alejandro, no comprendía por qué un hombre tan
lleno de vida había podido tomar semejante decisión.
Pero había
algo peor. Algo que María aún no sabía y que ignoraría mientras pudieran
mantenerla alejada de las redes sociales y
los televisores. Alejandro tenía una doble vida. En la ciudad había
mantenido una relación con una médica durante algunos años. María debería
soportar el murmullo de ser viuda y engañada. Aunque había algo más grave que
el run-run del chismorreo pueblerino. Alejandro estaba como sospechoso de la
desaparición de la médica, unos seis días antes de haberse suicidado. Viuda,
engañada y con la sospecha de asesino, al menos hasta que la mujer apareciera.
O el cuerpo.
Escuchaba
desde la pequeña recepción de la comisaría el llanto desconsolado de la mujer y
no sabía cómo terminar de contarle la historia que envolvía a la muerte de su
marido. Tiró el cigarrillo que estaba fumando en el piso, lo aplastó con el pie
y se dirigió a su oficina, dispuesto a enfrentar a su demonio.
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