Hacía una
semana que las redes sociales y los medios divulgaban la foto de Gabriela, una
médica de la ciudad de la que no se sabía nada. Había desaparecido sin dejar
huellas, sus objetos personales no se encontraban por ninguna parte y nadie
sabía dónde podía estar. Su hermana Rafaela, mejor amiga y confidente, había
comenzado la campaña de búsqueda dos días atrás, preocupada, ya que Gabriela
había tenido una discusión con su novio.
Bah, su
novio. Así le había llamado hasta hace una semana Gabriela al hombre con el que
tenía una relación de dos años y del que había descubierto hacía muy poco que
estaba casado. Su hermana era temperamental y cuando se enojaba, la furia
explotaba en ella con una verborragia irrefrenable. Gabriela había confiado en
ese hombre. Planeaba una vida con él. Había estado visitando departamentos para
poder irse a vivir juntos y tener un espacio cómodo. Todo se derrumbó cuando
supo la verdad.
De repente
el mundo de Rafaela había cambiado radicalmente. De un día para el otro solo sabía de recorrer medios, buscar
fotos, ir a la comisaría, al juzgado, pedir que compartan la imagen con los
datos de su hermana a todo el mundo. Agotaba todas las instancias con la
esperanza de encontrarla con vida. Sin embargo, cada día, esa esperanza se
apagaba un poco más.
Nadie había
podido comunicarse con el novio de su hermana. En un llamado que le hicieron
desde el juzgado, dijo que no estaba en la ciudad, que no podía concurrir a dar
su testimonio ante el juez. Luego dijo que estaba en otro lugar al fiscal.
Sabían que mentía. Rafaela temía lo peor.
Al encender
la televisión, el canal de noticias le daba una de las peores primicias: el
cuerpo sin vida de Alejandro González había sido encontrado sin vida en la
habitación del hotel en donde siempre se alojaba. (¿Cómo no se le había
ocurrido ir a buscarlo allí?). Al lado de su cuerpo había una pistola y sobre
la mesa de luz un pasaje con destino al pueblo en donde vivía con su familia
para la esa misma noche. La última esperanza que tenía de encontrar a su
hermana comenzaba a disiparse.
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