lunes, 10 de junio de 2019

La cornuda. 1


   María preparaba la cena mientras sus hijos miraban televisión en el living y peleaban por qué canal querían ver. Pensaba en que faltaba muy poco para que llegara el fin de semana y Alejandro, su esposo, volviera de su viaje laboral. Quizás podrían hacer una salida familiar hasta el club del pueblo y disfrutar de una parrillada, mientras los chicos jugaban en la pileta.

   Un timbrazo la sacó de sus cavilaciones. Corrió una cacerola de lugar, para que no se queme la preparación y, al pasar por la sala, le pidió a los chicos que no gritaran. Al abrir la puerta, un oficial de policía la saludó con seriedad.


-¿Usted es la señora María Conde de González?

-Sí, ¿en qué puedo ayudarle?


   El oficial se rascó la cabeza debajo del gorro. No estaba acostumbrado a dar esta clase de noticias. No le gustaba llevar malas nuevas.


-¿Es la esposa de Alejandro González?

-Sí- María ya comenzaba a preocuparse- ¿le ocurrió algo en la ruta? Dígame, oficial, por favor, ¿qué le pasó?

- En la comisaría le van a informar, señora, necesito que me acompañe.

-¿Por qué? Necesito una explicación. ¿Qué pasó con mi marido?


   El policía miró a los niños dándose manotazos en el sillón, ajenos a todo. Pensaba en esa pobre mujer, joven aún, bonita. Definitivamente no le gustaba dar malas noticias.


-No estoy autorizado a decirle, señora.-Mintió-  Un fiscal la espera en la comisaría para explicarle todo.


   La mirada de María a punto de estallar en llanto era  algo que no podía resistir.


-Acompáñeme sin preguntar nada, por favor.- suplicó.


   Ella miró a sus hijos.


-No creo que sea conveniente llevarlos, señora.-dijo el oficial- mejor vea si los puede dejar con algún vecino.


   María asintió con la cabeza. Buscó su teléfono, habló con alguien y en pocos minutos subía al patrullero, acompañando al oficial. Una vez en marcha, estalló en llanto.


-Sólo dígame si mi esposo está muerto, por favor…


   El hombre asintió con la cabeza. Alejandro González había muerto y dejado una hermosa familia sola. Sin embargo, estaba seguro de que las circunstancias de su muerte no eran las mismas en las que su esposa estaba pensando.

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La Cornuda. 17

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